9 de agosto de 2016

HACIA LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS

DÍA SEGUNDO

Hermanas Clarisas en oración (Soria)
Santa Clara entendió, como san Francisco, que la verdadera lucha de la vida cristiana es por tener la mente y el corazón vueltos hacia el Señor: Es un mirar, un contemplar, para imitar y transformarse en Él. El verdadero obstáculo para la santidad es estar demasiado centrados en nosotros mismos y vivir distraídos, dispersos. Sus escritos están llenos de referencias a la mirada, a la contemplación: 

«Míralo hecho despreciable por ti, y síguelo, haciéndote despreciable por Él en este mundo. Mira... a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, convertido por tu salvación en el más vil de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, y muriendo en la cruz entre atroces angustias. Mira, medita, contempla, con deseos de imitarlo... Si sufres con Él, reinarás también con Él; si con Él lloras, con Él gozarás...» (Carta II).

«Aplica tu mente al espejo de la eternidad, y pon tu alma en el esplendor de la gloria, y tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate totalmente por la contemplación en la imagen de su divinidad» (Carta III). «Mira diariamente este espejo (Cristo, esplendor de la gloria)... para revestirte totalmente... de todas las virtudes... 

Mira... la pobreza del niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales... Considera luego... la humildad, la pobreza bienaventurada, y los múltiples trabajos y penalidades que soportó... Contempla, por fin... la inefable caridad, a cuyo impulso quiso padecer en el leño de la cruz y morir...» (Carta IV).

Una mirada continua a Cristo: del corazón y de la mente, que se hace meditación de su vida, contemplación de su persona humana y de su gloria en el Padre para gozar de su misma herencia. Es la suerte que espera a quien se hace pobre en Cristo pobre, que está «muerto para el mundo» y su «vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).