Más allá de las apariencias...

Con frecuencia miramos a nuestro alrededor y sólo vemos dificultades para vivir la fe: un contexto social que no ayuda a descubrir a Dios y, aun menos, a escuchar su llamada; una ausencia de signos religiosos cada día más patente; un abandono progresivo de la Iglesia por parte de los jóvenes; un querer relegar la fe cristiana al ámbito no solo de lo privado sino también de lo marginal; unos medios de comunicación incomprensiblemente hostiles a la Iglesia y a casi todo lo que suene a católico; un poner en solfa reiteradamente el sacerdocio, la vida consagrada... Constatamos, igualmente, con pena, como cada día personas que conocemos, también de nuestro entorno más cercano, se alejan de Dios, deciden libremente abandonar la fe, porque "los tiempos han cambiado y estas son cosas viejas, superadas, etc"

Estas y otras razones pueden crear una cierta desconfianza y hasta desilusión en quien está sintiendo con fuerza la llamada de Dios. Sin embargo, es importante abrir bien los ojos, ¡gracia que Dios concede a los que se atreven a caminar con Él!, para ir más allá de las apariencias y poder ver así lo que realmente nos aguarda: un mundo realmente sediento de Dios; miles de hombres y mujeres que esperan encontrar en la palabra y en la vida de un sacerdote o de un religioso un refugio contra su soledad y su cansancio, una propuesta de verdad alternativa a los criterios que imperan en el mundo (poder, prestigio, riqueza, apariencia...) y que poco a poco van secando el corazón; miles de personas que buscan razones para seguir esperando (y con frecuencia creen encontrarlas en lugares equivocados), gestos humildes de fidelidad y de amor desinteresado, pequeñas luces que iluminen su camino cotidiano, con frecuencia marcado por la precariedad, el sufrimiento y las heridas del amor; miles de hombres y mujeres que esperan recibir el Cuerpo de Cristo, el perdón de los pecados que sana y devuelve la paz, una bendición en el lecho del dolor y la firme esperanza de que la vida no termina aquí, sino que hemos sido creados para el Cielo, para la alegría sin fin junto a Dios y los santos. 

Sí, amigo, hay miles y miles de personas que esperan recibir el REGALO DE LA FE, ¡el mejor, sin duda!, a través del testimonio y el encuentro directo con un «hombre de Dios»; otras, a través del fruto de su oración, de su sacrificio y renuncia personal, de su entrega escondida que solo Dios conoce y hace fructificar. De muchas de ellas tendrán noticia y conocimiento; de otras, quizás muchas más, posiblemente no sepan nunca nada en esta vida, pero en el cielo: ¡Cuánta alegría! ¡Cuánta gratitud! ¡Cuántas sorpresas!

Alguien ha dicho que hoy, decidirse por Cristo, es como jugarse la vida a una carta. Si eres de los que no se encogen ante las dificultades, de los que no esperan a que lleguen tiempos mejores, de los que no andan siempre calculando, de los que están dispuestos a cargar con la cruz... y estás escuchando la llamada del Señor, entonces, con todo lo que eres y con todo lo que en tus manos está por hacer, pronuncia tu «» y ponte en camino: No te quedes en las apariencias, ¡el mundo te espera! 

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