La vocación de san Francisco: "Dame fe recta"


El hijo de Pedro Bernardone tiene 25 años. Rico, hábil en los negocios, de compañía y conversación agradables, posee todo lo necesario para seducir, triunfar y deslumbrar. Y no se priva de ello. Fácilmente excéntrico, le gusta hacerse notar. Ambicioso, sueña con poseer la vida a manos llenas. Los honores militares, la gloria y la celebridad asedian su mente. Pero el proyecto de Dios sobre el hombre es aún mayor... Algunos fracasos, un año de cárcel, la enfermedad le golpean duramente. Sus sueños se cuartean. Y ahora, ¿qué hacer? Un gran vacío se apodera de él, a pesar de tenerlo aparentemente todo en sus manos. Francisco tiene sed de otra cosa. Pero, ¿de qué? Dios lo deja insatisfecho de sí mismo. La carrera militar y el negocio familiar pierden atractivo. Toma distancias. Y empieza la búsqueda, que le marcará de por vida. «Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre... Sostenía en su alma tremenda lucha... Uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos» (Vita prima de Tomás de Celano, 6).

¡Pasar de su “proyecto” al Proyecto de Dios! Esa es la tremenda lucha que sostiene. Francisco presiente un nuevo camino de libertad, una nueva dirección capaz de saciar su sed, pero el hombre teme siempre perder sus «pequeños proyectos», que le dan seguridad, para entrar en el futuro de Dios, tan lleno de retos y desafíos. “Dame fe recta”: sin ella es imposible recorrer este camino… La fe es precisamente lo contrario del miedo. Tener la valentía de arriesgarlo todo. Renunciar al deseo de adueñarse de la propia vida, de los dones y bienes, a fin de abandonarse al querer de Dios. Para Francisco Dios no tiene ya sólo un espacio «reservado» una vez al día, una vez a la semana, de vez en cuando... Ha invadido todo el espacio y todo el tiempo de un hombre. Eso es creer. Eso es descubrir la propia vocación. Franquear muchas barreras, vencer muchos miedos, para atreverse a hacer ese acto de confianza que nos abre sin condiciones a una llamada venida de fuera. Al término de este trayecto de obstáculos, Francisco está preparado. Puede de verdad exclamar: «De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he puesto todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza» (Leyenda Mayor 2).

Desapropiado de todo, liberado de todo tipo de seguridad, en lo sucesivo estará disponible en las manos del Padre. La radicalidad evangélica es ese apostar por Dios y por su Proyecto. Lo cual supone que creemos que Dios es bueno (“Tú eres el Bien, todo Bien, sumo Bien”), que hemos entendido que su proyecto sobre nosotros es lo mejor que nos puede pasar y que su amor no nos aliena, oprime o esclaviza… sino todo lo contrario: nos libera y nos hace felices de verdad.

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