24 de diciembre de 2011

¡Ved que diariamente viene a nosotros!

   
   "Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran misterio de la Encarnación. La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre, Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros, se ha hecho uno de nosotros; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa" (Benedicto XVI). San Francisco supo descubrir esta íntima unión entre el misterio de la Encarnación y el misterio de la eucaristía, como atestiguan algunos de sus escritos: "Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real, descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros El mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote" (Admonición 1, 16).

   En la eucaristía el Señor viene a nosotros y quiere permanecer entre nosotros. Se hace Pan eucarístico para que lo comamos y nos transformemos en Él, y también para que podamos adorarle, postrarnos a sus pies, ofrecerle nuestra vida entera. San Francisco demuestra una sensibilidad especial para percibir esta profunda interrelación. Ha captado la centralidad de la eucaristía y cómo “lo mejor”, “lo único que podemos ver” hoy de la Encarnación de Cristo, de su presencia salvadora en medio de nosotros, es propiamente la eucaristía, "su santísimo Cuerpo y Sangre". Para el Poverello la eucaristía y la Encarnación revelan, sobre todo, una opción de fondo: la del Hijo de Dios que ha querido “enriquecernos con su pobreza”; dejar el trono real, la majestad de su gloria, y hacerse así hermano nuestro. Nada puede sustituir esta presencia siempre humilde del Señor que se renueva en cada eucaristía, donde realmente está presente el Dios que se ha hecho hombre, que dio su vida por nosotros porque nos ama.

   En la eucaristía, el Señor se hace también para nosotros Pan de comunión que proviene de la "fracción", del "hacerse trozos" para alimentarnos y hacer de nosotros un solo Cuerpo, su Cuerpo. "En virtud del encuentro interior con Jesucristo, recibimos en nuestro interior la misma formación de la razón, de la voluntad y del corazón" (Benedicto XVI), y entonces aprendemos a relativizar todo lo que nos separa, todo lo que es causa de división y distancia entre los hombres. ¡Todos quedamos tocados por el único Señor Jesucristo! Por eso, cada Navidad y cada eucaristía nos proponen el compromiso de hacernos más hermanos en Él y desde Él. Esta gozosa disponibilidad a "salir" al encuentro de los otros, presupone superar la tentación de refugiarse en las seguridades internas o externas que nos cierran al dinamismo del amor, justamente lo opuesto al misterio que celebramos en la Navidad y en cada eucaristía.