¿Dónde vives?

«Maestro, ¿dónde vives?» También hoy nosotros, como los discípulos de Juan, queremos escuchar tu respuesta, ¡siempre nueva!: «Venid y veréis». Haz, Señor, que no tengamos miedo de acercarnos a ti, de hablar contigo cara a cara, como se está con un amigo, de cruzar el umbral de tu casa. Tu casa, Señor, está donde un ser humano sufre por sus derechos negados, sus esperanzas traicionadas, sus angustias ignoradas. Allí, entre los hombres, está tu casa, donde tú nos invitas a entrar y nos pides que sequemos, en tu nombre, toda lágrima y que recordemos a los que se sienten solos que nadie está solo si pone en ti su esperanza. Es verdad: Tú, Señor, eres un amigo exigente que indicas metas altas, pides salir de uno mismo para ir a tu encuentro, entregándote toda la vida, porque sólo «quien pierda su vida por ti y por el Evangelio, la salvará». Haz, Señor, que no tengamos miedo de la «vida nueva» que nos ofreces. Haz que si escuchamos tu llamada, nuestro corazón no se cierre o se vuelva sordo: tu gracia y el don de tu Espíritu nos darán la posibilidad de acogerla y ponerla en práctica. «Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día».

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