¿Es también el tuyo un corazón inquieto?

   
    ¡Pues entonces tu corazón se parece al de Dios! Y es que no podía ser de otra manera: somos obra suya. Él modeló cada corazón. Si nos dejamos hacer por Él, no nos cansaremos de caminar hacia Él, de recibir su bien, de ser enriquecidos por nuestro Dios... hasta que lleguemos a Él. Lee atentamente lo que dijo el Papa Benedicto el día 6 de enero. Son palabras impresionantes que nos hablan de lo importantes que somos para Dios. Y, también, de la preciosa misión que Él mismo confía a aquellos que quieren seguirlo más de cerca. Si el Señor te llama a colaborar en esta misión: ¿le vas a decir que no cuente contigo?      
«El corazón inquieto es el corazón que no se conforma con nada que no sea Dios, convirtiéndose así en un corazón que ama. Nuestro corazón está inquieto con relación a Dios y no deja de estarlo aun cuando hoy se busque, con «narcóticos» muy eficaces, liberar al hombre de esta inquietud. Pero no solo estamos inquietos nosotros, los seres humanos, con relación a Dios. El corazón de Dios está inquieto con relación al hombre. Dios nos aguarda. Nos busca. Tampoco él descansa hasta dar con nosotros. El corazón de Dios está inquieto, y por eso se ha puesto en camino hacia nosotros, hacia Belén, hacia el Calvario, desde Jerusalén a Galilea y hasta los confines de la tierra. Dios está inquieto por nosotros, busca personas que se dejen contagiar de su misma inquietud, de su pasión por nosotros. Personas que lleven consigo esa búsqueda que hay en sus corazones y, al mismo tiempo, que dejan que sus corazones sean tocados por la búsqueda de Dios por nosotros. Esta era la misión de los apóstoles: acoger la inquietud de Dios por el hombre y llevar a Dios mismo a los hombres» (Benedicto XVI. Homilía 6/1/2012).

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