Sed agradecidos


   San Francisco encontraba siempre motivos suficientes para la gratitud. La grandeza y la talla de nuestro hermano nos la da su impresionante capacidad de ser agradecido. Sabía que nada le pertenecía, que todo era don: el amor de Dios, la salvación en Jesucristo, la obra de la creación, el alimento diario, la comunión con los hermanos, la Iglesia, ¡la vida! Cuando no puedes apoyarte en tus bienes y seguridades, ni siquiera en tus buenas obras, entonces puedes descubrir la gratuidad de todo lo que Dios ha hecho y ha dado al hombre. Quizás hoy no estamos acostumbrados a esta gratuidad, por eso la actitud de nuestro santo nos parece, cuanto menos, ingenua. Pero en el fondo nos cuestiona...
"Padre santo y justo, Señor del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo, pues solo por tu voluntad, creaste todo cuanto existe y a nosotros nos hiciste a tu imagen y semejanza. Te damos gracias porque, así como nos creaste por tu Hijo, así también, por el santo amor con que nos amaste, hiciste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen María y quisiste que nosotros, pecadores, fuéramos salvados por su cruz y sangre y muerte" (San Francisco). 

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