7 de febrero de 2012

El miedo puede vencerse...


Para el que escucha la llamada del Señor a pronunciar el sí de toda una vida, puede surgir la indecisión y el miedo. Es normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas veces es una muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide. Y esto nos produce un cierto vértigo. Si todo nos diera igual no sentiríamos miedo. Dios cuenta con ello, por eso va preparando todo, en la vida de cada uno, para que seamos capaces de acoger lo que Él nos pide. La llamada de Dios produce en nosotros temor o admiración porque percibimos la “grandeza” de lo que nos está sucediendo y, a la vez, hacia donde nos llevaría pronunciar un sí. Pero Dios, en esa misma llamada, nos ilumina interiormente y nos fortalece para que superemos el miedo natural y nos abramos a la confianza. Una confianza que Él ha depositado en lo íntimo de nuestra existencia y que pide ser escuchada, liberada... Por lo tanto, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese miedo. De hecho, lo que distingue a un cobarde de un valiente no es el miedo, sino su capacidad de superarlo. 

El miedo siempre aparece ante las decisiones importantes, pues siempre suponen asumir un riesgo que no tiene nada que ver con la temeridad o la precipitación, sino con aceptar el valor de tomar decisiones definitivas. Es preciso despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino. Arriesgarse a dar este salto, tomar decisiones definitivas para poder acoger plenamente una llamada que encierra la certeza de ser plenamente feliz. Será siempre un riesgo, es verdad, ¡pero un riesgo en manos de Dios!

¿Cómo quedarse paralizado por el miedo cuando la Iglesia está sacudida por todas partes y el mundo asediado por la desesperanza y el desaliento? Querido amigo, ahora es el momento crucial para una respuesta valiente. El Señor quiere contar con tu fuerza, con tu palabra, con tus muchas capacidades, con tu oración confiada, con tu amor incondicional y sin rebajas... No te pierdas en discusiones inútiles, en críticas fáciles y en diagnósticos pesimistas. Tampoco te dejes invadir por la indiferencia. Ahora es el momento de pronunciar un sí, un aquí estoy sin demora... Recuerda: ¡quien no arriesga, tampoco vive de verdad!

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