11 de febrero de 2012

LA INMACULADA EN LOURDES Y LOS FRANCISCANOS

   
Celebramos hoy la fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, advocación mariana que tuvo su origen en la villa francesa de Lourdes, a orillas del río Gave, cuando a una niña llamada Bernadette Soubirous, el 11 de febrero de 1858, se le apareció la Virgen María como “una Señora vestida de blanco, con sus pies descalzos cubiertos por dos rosas doradas, una ancha cinta azul en su cintura, sus manos juntas en posición de oración y un rosario”. En Lourdes, el 25 de marzo de 1858, la Virgen María reveló su nombre de este modo: Yo soy la Inmaculada Concepción. Este privilegio concedido a María, que la distingue de nuestra condición común, no la aleja, más bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros -dice el Papa Benedicto XVI-, la pureza de María la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Especialmente cercana a aquellos que sufren por cualquier causa. Este hecho queda patente de manera especial en el Santuario de Lourdes, donde cada año acuden miles de enfermos en busca de alivio, consuelo y, también, de la curación física por medio de María. 

Por lo tanto, este dogma de fe, proclamado por la Iglesia el 8 de diciembre de 1854, tiene mucho que decir a nuestra existencia concreta. En María, Inmaculada desde su concepción, descubrimos nuestro gran secreto: hemos sido creados para Cristo, en Cristo y con Cristo para la gloria de Dios. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal.

Los franciscanos, desde los inicios de nuestra andadura, hemos mostrado siempre un afecto especial hacia la Virgen María, de quien el Hijo de Dios recibió “la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad” (San Francisco) y a través de la cual “el Señor de la gloria se hizo hermano nuestro” (2Celano 198). Desde muy pronto defendimos el privilegio de su Inmaculada Concepción, reconociendo el gran misterio de alegría y de esperanza que escondía para todos los redimidos. En Ella, como afirmará uno de los más grandes defensores de este privilegio, el beato Duns Escoto, brilla la dignidad de todo ser humano, que siempre es precioso a los ojos del Creador.

Como signo de este afecto especial y para dar a conocer aún más este misterio, hace unos años, el obispo de Lourdes concedió a los franciscanos conventuales la posibilidad de abrir una comunidad estable en las cercanías del Santuario. La comunidad, que lleva el nombre de otro gran enamorado de la Inmaculada, san Maximiliano Kolbe, busca difundir el gran legado de este franciscano conventual polaco, mártir de la caridad en el infierno de Auschwitz: la consagración a la Inmaculada, el mejor y más seguro camino para pertenecer al Señor. La comunidad se encuentra situada en la calle Rue de Petits Fossés (muy cerca del Santuario) y ofrece a los frailes de toda la Orden la posibilidad de vivir un tiempo fuerte de espiritualidad y de servicio a los peregrinos y a los enfermos que acuden cada año a este lugar de gracia. Cuenta además con una interesante exposición sobre la vida y misión del padre Kolbe.

Hermanos de la Custodia de Francia en Lourdes
En la procesión de las antorchas