La misión de los franciscanos

«Id, vosotros que sois los hermanos del pueblo, al corazón de las masas, a esas multitudes dispersas y extenuadas como ovejas sin pastor, de las que Jesús sentía compasión... Id, pues, también vosotros a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. ¡No esperéis a que vengan a vosotros! ¡Intentad vosotros mismos alcanzarlos! El amor de Cristo nos impulsa a esto... Toda la Iglesia os lo agradecerá».
 El Beato Juan Pablo II a los franciscanos, 15-XI-1982

   El Señor sigue llamando a muchos para que le sigan, para que en medio del mundo sean alabanza de su gloria, ministros de su compasión y de su misericordia. Su mirada se sigue cruzando con la de todos aquellos que buscan, que arriesgan, que no se conforman con una vida tranquila y acomodada, con la de aquellos que, a pesar de tenerlo todo (una carrera, un buen trabajo, tantas relaciones…) sienten que en el fondo les falta algo. Es verdad: apostar por Jesucristo y su Evangelio, escoger su amor, parece hoy cosa de locos. En realidad siempre ha sido así: san Francisco, en el siglo XIII, fue considerado y tratado como un loco, como uno que había perdido el juicio (hasta por su propia familia) por esto mismo. La propuesta del Señor es exigente. No valen las medias tintas. Sólo quien ha descubierto el tesoro fascinante e inestimable que es Jesucristo, está dispuesto a pagar un precio alto. Sólo quien ha descubierto la belleza de la Iglesia, también con sus límites y contradicciones, tomará la decisión de entregarse totalmente a Cristo en ella. Y renovarla desde dentro con la santidad de la propia vida. No lo dudes: ¡el Señor sabe dar un sentido profundo y una alegría única a quien responde con valor y generosidad a su llamada!

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