Mira, considera, contempla... Orar con santa Clara

   
  Con estas palabras -Mira, Considera, Contempla- santa Clara invitaba a Inés de Praga a poner los ojos y el corazón en la pobreza, en la humildad y en el amor de Cristo. Puede ser también para nosotros una invitación válida durante los viernes de cuaresma, en los que se nos invita a mirar, considerar y contemplar con profundo agradecimiento el gran Misterio de nuestra salvación. Dado que estamos inmersos en el centenario clariano, 1211/12-2012, nos dejaremos guiar por las preciosas intuiciones de santa Clara de Asís, cuyos escritos son poco conocidos y, sin embargo, esconden una riqueza espiritual y una hondura humana asombrosas. 
  Santa Clara vivió un amor apasionado por Cristo pobre; fue completamente arrebatada por su fascinación. En una de sus cartas se expresa de la siguiente manera: «Mira que él por ti se ha hecho objeto de desprecio, y sigue su ejemplo, haciéndote, por amor suyo, despreciable en este mundo. Mira… a tu Esposo, el más hermoso de entre los hijos de los hombres, que por tu salvación se hizo el más vil de los hombres, despreciado, maltratado y flagelado repetidamente en todo el cuerpo, e incluso agonizante entre los dolores más terribles en la cruz. Medita, contempla y trata de imitarlo. Si con él sufres, con él reinarás; si con él lloras, con él gozarás; si con él mueres en la cruz de la tribulación, poseerás con él las moradas celestiales en el esplendor de los santos, y tu nombre quedará escrito en el Libro de la vida…» (2Carta 19-22). 
  Santa Clara, que ingresó en el monasterio de san Damián cuando tenía apenas 18 años, murió allí a los 59, tras una vida de oración constante, de pobreza con alegría, de penitencia en la más exquisita caridad. Por este deseo ardiente del Crucificado pobre nada le pesó jamás, hasta el punto de que, ya agonizante, dijo a fray Reinaldo, que la asistía: «en el largo martirio de las graves enfermedades que he padecido… desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de su siervo Francisco, ninguna pena me ha resultado molesta y ninguna penitencia, gravosa; ninguna enfermedad me ha resultado dura, hermano querido» (Leyenda 44). ¡Impresionante testimonio el de Clara! 
  Sus escritos revelan el alma de una mujer de pocas ideas, es cierto, pero limpias, fuertes y profundas, y vividas con tal coherencia y profundidad que se convierten en ideas-fuerza e ideas-vida de toda una existencia. El secreto de santa Clara, secreto de su realización plena como mujer, como cristiana (así la llamaba Francisco, «cristiana», según el testimonio de fray Esteban de Narni), como franciscana, está en el haber querido y buscado y amado, en la raíz de toda su existencia, esta herencia de pobreza por amor de Cristo pobre y de su Madre virgen; y en el haberla impulsado, por Él y de la mano sabia de san Francisco, hasta el grado más alto, con la locura y la desmesura propia de los Santos. No es extraño que en una de sus cartas llegara a decir: «El amor de Jesucristo hace felices, su contemplación llena el corazón, su bondad colma, su suavidad sacia, su recuerdo ilumina suavemente...».

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