Pobres y humildes por el mundo


“Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia. Cuando el Señor omnipotente os multiplique en número y en gracia, me lo contaréis llenos de alegría, y yo os concederé más favores y con más seguridad os confiaré asuntos de más transcendencia” (1Celano 13, 33).

   Con estas palabras, nos dice Tomás de Celano, fue como la regla y vida de los Hermanos Menores fue aprobada oralmente por el Papa Inocencio III en 1209. Francisco y sus hermanos, sin dudarlo ni un momento, comenzaron a poner en práctica lo que el Pa
pa les había confiado: predicar la penitencia, es decir, la conversión del corazón a Cristo y a su Evangelio. ¡Aquello mismo que intentaban creer y vivir cada uno de ellos! Desde que habían encontrado la verdadera riqueza, todo lo demás se había convertido para ellos en una “pérdida”. Dejarlo todo, renunciar a todo, se había convertido en algo casi necesario para expresar la sobreabundancia, el altísimo valor del don recibido. De este don eran humildes portadores Francisco y sus primeros hermanos. Tras el encuentro con el Papa, entienden que no pueden guardárselo, sino que han de ir pobres y humildes por el mundo, del cual no sólo no pretenden huir sino que, antes bien, se le reconoce como el propio claustro. Nadie está fuera de su campo de acción: la gente sencilla, los pobres y leprosos, los nobles y señores, aquellos que se encuentran a la orilla del camino. Todos sin excepción. Con la palabra, pero sobre todo con el ejemplo de su vida, anuncian el don del Evangelio: perla y tesoro, luz y lámpara. Para ello optan por no hacer uso del dinero, pero no renuncian al trabajo manual o al cuidado de los leprosos; optan por no andar a caballo, pero no por eso dejan de ir por el mundo, hasta las tierras más lejanas; rehúsan decididamente a cualquier privilegio eclesiástico, pero se declaran a la vez siempre súbditos y obedientes a la Iglesia y a sus pastores; optan por poner sus vidas en las manos del Padre para proveer a su sustento, seguros de que nos les dejará a su suerte, y experimentan radicalmente la verdad de las palabras del Señor: “No andéis agobiados… Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”

Si la confianza en el Señor estuviera al principio de todo… 
Si aprendiéremos a acoger la Palabra del Evangelio "sin rebajas"… 
Si nos dejáramos convencer más por su presencia eficaz 
que por nuestros cálculos y miedos… 
Si nos fiáramos de su “proyecto” más que de los nuestros 
y nos entregáramos a Él por entero… 

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