La fe de Abraham: «aquí me tienes»


La primera lectura de la eucaristía de este segundo domingo de Cuaresma, tomada del libro del Génesis (22, 1-2. 9-13. 15-18), es uno de los textos más impresionantes de todo el Antiguo Testamento. No siempre se ha entendido bien, por lo que se ha prestado y se presta a malas interpretaciones de las que se desprende una imagen de Dios un tanto "terrible"... Lo cierto es que sigue siendo un texto que impacta y que nos interpela profundamente acerca de la verdad y hondura de nuestra fe-confianza en Dios. Quizás os pueda servir para entender mejor este relato un precioso comentario, lleno de sugerencias vocacionales, de Francisco García, sacerdote de Zamora y profesor de teología en Salamanca. 

   «Escuchamos la llamada: Abraham. Y la obediencia nos asombra: Aquí me tienes. Nada más vuelve a decir Abraham. Nada hay que decir ante la palabra de Dios que nos visita. Su petición es excesiva, como si Dios no supiera pedir otra cosa distinta que todo lo que somos. No quiere momentos, no quiere espacios, no quiere palabras, quiere nuestra libertad, nuestra voluntad, nuestra imaginación, nuestra vida. El hijo a quien tiene que clavar el cuchillo no es otra cosa que su propia carne amada, no es otra cosa que su propio futuro imaginado, no es distinto de su apego a la posesión de su propia vida. Isaac es el reflejo de Abraham. Clavar el cuchillo es herir el orgullo de ordenar nuestro mundo como si fuera nuestro, sin más voluntad que la nuestra, sin más futuro que el que sale de nuestras entrañas, con el que queremos fecundar el mundo. Dios nos dio la vida y nos hemos encadenado a ella al hacerla posesión nuestra. Dios nos dio la vida y nos hemos encadenado a ella al pensarla desde nuestros pequeños horizontes. Dios nos dio la vida y nos hemos encadenado a ella defendiéndola como nuestro bien supremo y matando a quien sea por mantenerla y ensancharla. Ésta es la vida que hemos dado a luz, el hijo al que hay que sacrificar para encontrar la libertad. Dios nos invita a la libertad que da el sentir que son su promesa y su fidelidad las que nos sostienen, las que nos guardan, las que nos dan futuro, las que nos guían… y por eso no hay que tener miedo. ¡El miedo!, fuente de vidas escondidas y encerradas en su interior, de vidas agresivas para proteger futuros y presentes que ya están muertos porque no se pueden sostener en sí por mucho que se crea, de vidas angustiadas y vendidas por un poco de amor y reconocimiento… Abraham levanta el cuchillo y vuelve a oír su nombre por dos veces: Abraham, Abraham. Y vuelve a responder: Aquí me tienes. Ha superado la prueba, ha encontrado la libertad. Ahora ya sabe que Dios no le quita nada, sino que en Él todo es don. ¿Por qué no imaginarlo cantando el salmo 115: Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu sierva, rompiste mis cadenas? Abraham desde ahora ha muerto a sí mismo, y ha renacido al gozo de una vida confiada, sin miedo a perderse aunque lo pierda todo. Una vida que no es sino alabanza de la presencia fiel de Dios como fuente de fecundidad: Te ofreceré un sacrificio de alabanza».

Al leer el comentario, casi sin quererlo, me ha venido a la cabeza esta breve oración de otro gran hombre de fe, san Francisco: Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, bien total, que eres el sólo bueno, haz que te ofrezcamos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase.

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