24 de marzo de 2012

Con san Francisco, hacia una "cultura de la vida"

  
Las primeras "biografías" y, sobre todo, el famoso Cántico del hermano sol, atestiguan que san Francisco poseía una sensibilidad especial para percibir la belleza y la bondad de todo lo que le rodeaba. Tomás de Celano nos ofrece, además, la clave de interpretación que coloca esta sensibilidad en su justo contexto. Nos dice el biógrafo: «sería excesivamente largo, y hasta imposible, reunir y narrar todo cuanto el padre Francisco hizo y enseñó mientras vivió entre nosotros. ¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que sentía hacia todo lo que es de Dios? ¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento. También ardía en grandísimo amor por los gusanillos... los recogía del camino y los colocaba en lugar seguro para que no los aplastaran con sus pies los transeúntes. En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba los secretos de las criaturas» (1Cel 80).

Para Francisco su altísimo y buen Señor es Alguien deseable, próximo, íntimo y vinculante, Creador y Salvador de todo cuanto existe. Conocerle y servirle es una “cuestión de ser o no ser”. Es desde Dios que Francisco descubre la profundidad del mundo y la dignidad de todas las criaturas. No nos deben extrañar sus gestos un tanto “extravagantes” hacia los gusanillos, las abejas, las flores, el sol y la luna, etc., ya que representan la más alta afirmación que se pueda hacer del valor del ser y de la vida, tal como la recibimos de las manos de Dios. Para él todos los seres reales y concretos, por irrelevantes que puedan parecer, deben ser respetados, aun cuando estos parezcan insignificantes ante nuestros ojos, según nuestra manera de juzgar. Esto no ha de aplicarse únicamente a la naturaleza o al medio ambiente en general, sino a toda la creación, de manera especial al culmen de la gran obra de Dios: el hombre. Desde una visión genuinamente franciscana no es posible defender el respeto al medio ambiente y olvidar el reconocimiento y la defensa del valor de la persona humana y de su inviolabilidad en cualquiera de las fases y situaciones de su vida.

La vida, toda vida, es un don de Dios, obra de sus manos. ¡Él es el autor y dueño de toda vida!, nos dice san Francisco. Y, por lo tanto, merece y exige ser defendida y cuidada siempre, tanto la naciente como la que es
tá marcada por la marginación, la injusticia o el sufrimiento, especialmente en su fase terminal. En consecuencia, el aborto y cualquier forma de violación de la vida humana no pueden ser un derecho humano: ¡son exactamente lo opuesto!

Desde este blog franciscano queremos apoyar todas las iniciativas pacíficas que hoy se llevarán a cabo en muchas ciudades de España en favor de la “cultura de la vida”, que comprende el “no” al aborto y a la pena de muerte, al hambre y a la explotación sexual, a la eutanasia y a toda forma de injusticia que, arraigada en nuestras estructuras económicas y sociales, mantiene "postrados" e incluso "aplastados" a tantos hijos e hijas de Dios.