¡Somos templo de Dios!

«No sabiendo Dios cómo hacerse comprender por los hombres, vino él mismo a la tierra como un pobre, un humilde. Vino por medio de Cristo Jesús. Dios nos sería lejano si Cristo no fuera su transparencia. Desde el principio Cristo estaba en Dios. Desde el nacimiento de la humanidad él fue Palabra viva. Vino a la tierra para hacer accesible la confianza de la fe. Resucitado, hace de nosotros su casa, nos habita... y descubrimos que el amor de Cristo se manifiesta ante todo por su perdón y su continua presencia. ¿Quién es ese Cristo, Amor de todo amor? Él es aquel que, resucitado, se alegra con nosotros, hoy, mañana, siempre. En él las fuentes de la alegría no se agotan nunca. Él es aquel que carga con nosotros las grandes penas y sufrimientos de la existencia. En su vida en la tierra, Jesús, plenamente humano, deja que las pruebas de los otros le alcancen en lo más profundo de sí mismo. Llora la muerte de su amigo. Más accesible para unos, más escondido para otros, es como si le oyéramos decir: "¿No sabes que estoy muy cerca de ti y que por el Espíritu Santo vivo en ti? No te abandonaré nunca. ¡Nunca!" Él es vida para nosotros. Él es luz entre nosotros. Él es presencia viva en nosotros» (Hno. Roger  de Taizè). 

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