La fuerza del perdón que nace de la cruz


  La experiencia del perdón nos abre a la paz. Pero seamos realistas: perdonar es como una “pequeña muerte”. Y esto nos duele, nos asusta, choca de lleno con esa manía de salvar nuestro "yo" como sea. La ofensa, el desamor, la dureza, la infidelidad... entran en juego con mucha frecuencia en nuestras relaciones con las personas y también con Dios. Es el pecado en forma de separación, autodefensa, rivalidad, egoísmo, soberbia, cerrazón. Por eso tenemos necesidad de ser perdonados y de aprender a perdonar, sabiendo de antemano lo mucho que nos cuesta. Pero es el único camino que puede sanarnos profundamente, el único que nos hace vivir reconciliados. 

  San Francisco, en su comentario al Padre nuestro, nos enseña que sólo el amor de Aquel que dio su vida por nosotros es capaz de ensanchar nuestra mirada y nuestro corazón más allá de nosotros mismos, hasta unos límites insospechados, hasta un extremo que jamás hubiéramos imaginado: ¡hasta el corazón de Dios! No es una exageración: ahí tenemos el testimonio de los mártires, de ayer y de hoy, que murieron perdonando a sus verdugos, y de tantas personas que conocemos y que también han recorrido este mismo camino del perdón en situaciones humanamente difíciles.  

  Hoy, viernes de cuaresma, pongamos nuestra mirada en Cristo clavado en la cruz. Él, que murió perdonando, es modelo y camino para todos nosotros. Pero no sólo. De su costado abierto brotan sin cesar la gracia y la misericordia que nos reconcilian, que nos salvan, que nos curan... y que nos dan el valor y la fuerza para poder perdonar en cada situación de nuestra vida donde la ofensa, la dureza, el desamor, la infidelidad... nos envuelven. Hoy se nos brinda una nueva oportunidad de reconstruir las relaciones rotas o desgastadas y de curar las heridas profundas, recibiendo el perdón de Dios, especialmente en el sacramento de la Penitencia. ¡Nunca subestimemos el poder de la gracia y de la misericordia de Dios! ¡Cuántas personas han experimentado un nuevo inicio en sus vidas y en sus relaciones, un nuevo nacimiento, tras haberse acercado a este sacramento! Aprovechemos este don inmenso que tenemos a nuestro alcance.

   ¡Oh, santísimo Padre nuestro creador, redentor y salvador nuestro! Perdónanos nuestras ofensas por tu gran misericordia, por tu amado Hijo y por los méritos de la Virgen María. Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden y lo que no perdonamos plenamente, haz tu, Señor, que plenamente lo perdonemos; para que por ti amemos de verdad a los enemigos y por ellos oremos ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal y para que nos esforcemos en hacer siempre el bien.

San Francisco, Del comentario al Padre nuestro

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