26 de marzo de 2012

La Palabra hecha carne en María


Hoy se celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor. Para san Francisco, la Encarnación del Hijo de Dios tiene un sentido y una finalidad salvadoras. Lo que más "sobrecoge" a Francisco es que todo lo realiza Dios "por nosotros, para nuestro bien". La Encarnación es iniciativa y voluntad del Padre, obra admirable de su amor, solo comprensible desde ahí, como donación, gracia y entrega. Es la gran misericordia de Dios pues en ella toma semejanza plena con nuestra realidad. Así conoce Dios nuestra carne, humana y frágil -dice san Francisco-, no solo porque la ha creado, sino también porque se ha unido a ella. De esta manera, en Jesucristo, Palabra encarnada, comparte Dios todo lo nuestro, menos el pecado, abraza todo lo humano, se hace presencia y compañía, ¡se hace nuestro hermano! Y así nos salva: desde dentro, desde abajo, asumiendo, sanando y vivificando nuestra carne. Todo ello es posible gracias a la Virgen. Ella tiene un puesto central, "posibilitador", decisorio, en la obra de la Encarnación. Por su sí obediente y dispuesto se convierte en el primer lugar de la Encarnación. Si hay un escrito de san Francisco donde quede reflejado todo esto de manera sencilla pero profundísima, ese es la Carta a todos los fieles, en su segunda redacción: 
"La Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, fue anunciada por el mismo altísimo desde el cielo, por medio del santo ángel Gabriel, y vino al seno de la santa y gloriosa Virgen María, en el que recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad . Él, siendo rico, quiso sobre todas las cosas elegir, con la beatísima Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo [...] Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y ofrenda en el altar de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y que lo recibamos con nuestro corazón puro y nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por él, aunque su yugo sea suave y su carga ligera".