28 de marzo de 2012

La vocación: ¡cuestión de confianza!


Nos cuesta mucho fiarnos de Dios, es decir, dejar que Él tenga la iniciativa en nuestra vida, permitiendo que nos lleve donde Él quiera y nos sorprenda. Tenemos miedo de que Él nos pida cosas imposibles, de que nos saque de nuestros esquemas y seguridades... Por eso, ante su llamada, preferimos inventar excusas, negociar con Él, intentando convencernos a nosotros mismos (y en el fondo también a Él) de que es mejor dejar las cosas como están. Aunque nos cueste reconocerlo, lo cierto es que estamos demasiado apegados a nuestra vida. No la queremos entregar sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no ofrecerla. Pero así, como nos enseña san Francisco, nunca podremos encontrar la "verdadera alegría", por más que nos empeñemos en buscarla y, al final, nos conformemos con pequeñas y fugaces alegrías que poco a poco nos van "robando" el corazón...  
Señor, ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, buenos deseos y propósitos; ayúdanos a entregarte no sólo el tiempo que nos sobra, no sólo una parte de nuestra vida, de nuestras fuerzas, de nuestros afectos, de nuestras cualidades; enséñanos a caminar tras tus huellas de todo corazón, con gestos concretos de verdadera entrega y generosidad. Líbranos del miedo a tu llamada, del miedo al ridículo, del miedo a la cruz, en definitiva, del miedo a que nuestra vida se nos pueda escapar de las manos. Ayúdanos a no conformarnos con lanzarnos en brazos de aquellos que nos prometen la vida pero que, al final, nos dejan decepcionados y sin rumbo. Ayúdanos a no temer si tu llamada nos invita a dejarlo todo para seguirte en la vida consagrada o en el sacerdocio. Sólo acompañándote en el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto, daremos verdadero sentido a nuestra existencia. Tú nos precedes en este camino y eres nuestra mayor garantía: ¡sólo nos queda fiarnos de ti y dar el paso! Sí, la vocación es cuestión de confianza.