8 de marzo de 2012

La vocación: Dios no atropella ni avasalla


  La vocación suele manifestarse al principio a través de formas muy diversas. Es Dios el que llama, ¡el que está detrás de todo!, pero se sirve de tantas pequeñas mediaciones. Quizás un pensamiento que se mantiene constante en el tiempo a causa de una película o un libro o una conversación que te ha impactado y ha hecho que te cuestiones seriamente algunas cosas. El deseo sincero de servir, de entregar tu tiempo, tus fuerzas, tus capacidades, tu vida… para aliviar tantas situaciones de dolor y de sufrimiento con las que te encuentras casi a diario. La sensación de una cierta falta de plenitud. A primera vista todo parece en orden: el trabajo, los estudios y las relaciones van bien, y sin embargo… Falta algo… Falta Alguien. El vacío que sobreviene cuando se experimenta el fracaso o la desilusión por los grandes proyectos o sueños que no llegan nunca a realizarse. También la amistad o el recuerdo agradecido hacia esos "ángeles" que Dios pone en nuestro camino, especialmente en momentos cruciales: un sacerdote o un religioso/a, un amigo creyente (del que quizás nos reíamos en el grupo de amigos, pero que en el fondo nos cuestionaba por su entereza, por su bondad, por su alegría...), un catequista o animador entregado de verdad. Igualmente estas experiencias pueden convertirse en desencadenantes de una búsqueda de sentido para tu vida.

   Todos ellos son signos o susurros que apuntan hacia una llamada. Son “pequeños flashes” de desconcierto y de confusión que van preparando el corazón para ponerlo en actitud de búsqueda, de escucha, de espera confiada. La llamada es algo que sólo uno mismo puede escuchar en su interior y en la que siempre queda un margen para el misterio. Decía Juan Pablo II respondiendo a una pregunta sobre su propia vocación: «tengo que empezar por decir que es imposible explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo. ¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote.» 

  La vida de los santos y de tantas "personas diferentes", fuera de lo común..., que conocemos nos muestran que Dios suele dar a conocer su voluntad de modo sencillo, a través de las cosas ordinarias. Dios no atropella ni avasalla: “mira que estoy a la puerta y llamo”. Espera que libremente acojamos su propuesta, nos decidamos a dar el paso, nos fiemos plenamente de Él: ¡pues sólo quiere que seamos auténticamente felices! No lo dudes: vale la pena decir que sí al Señor. Vale la pena entregarle la vida entera. Vale la pena renunciar a tantas cosas por seguirle a Él, por llevar al corazón de gentes, tierras, historias, vidas heridas y sedientas de Él la luz y la esperanza de su Evangelio. No lo dudes: ¡si oyes hoy la voz de Dios, no endurezcas tu corazón!, no pierdas el tiempo inventando excusas, intentado convencerte a ti mismo de que no puede ser verdad. Mira a tu alrededor y fíjate de cuántas maneras sencillas, pero ciertas, te está diciendo que quiere contar contigo, que espera tu sí, que te necesita...