“Perlas franciscanas” para la cuaresma (I)

Las textos (hagiografías, leyendas, crónicas...) que narran los inicios franciscanos, escritos a lo largo de los siglos XIII y XIV y recogidos todos ellos en una obra llamada Fuentes Franciscanas, encierran una riqueza espiritual impresionante. En estos textos, que por desgracia no se encuentran aún traducidos completamente al español, encontramos muchísimas "perlas" de gran valor que merece la pena rescatar con frecuencia por su belleza genuinamente evangélica, por la profundidad en la que te sumergen, por la luz que desprenden. Durante esta cuaresma iremos rescatando algunas de ellas, para que guiados por el testimonio de san Francisco y de sus primeros hermanos podamos vivir con mayor autenticidad nuestro camino de conversión al Evangelio de Jesucristo.
         
   Los compañeros del Poverello narran en la Leyenda de Perusa o Compilatio Assisiensis que durante el invierno de 1220-1221 el hermano Francisco cayó enfermo a causa de unas fiebres cuartanas (un aumento en la temperatura corporal por encima de lo que se considera normal). Se trató, aseguran, de una patología bastante seria. En aquella situación de debilidad, durante un día del tiempo de cuaresma, Francisco se vio obligado a comer carne, aunque en poca cantidad porque sus condiciones de salud no le permitían ingerir demasiado alimento. Sin embargo, aquella “caída” lo empujó a levantarse cuando aún no se había repuesto del todo y a entrar en la ciudad de Asís. Hizo convocar al pueblo en la plaza de san Rufino para predicar. Nada más terminar la predicación, rogó que nadie se marchase. Entró en la iglesia de san Rufino y bajó, junto a Pedro Cattani y a otros hermanos, hasta la cripta donde se encontraba el sepulcro del santo patrón de Asís. Ordenó al hermano Pedro que le obedeciera y no se opusiera a lo que quería decir y hacer. Seguidamente, Francisco se despojó de su hábito y ordenó al hermano Pedro que le condujera así, desnudo, con la cuerda al cuello, delante del pueblo. Ordenó también a otro hermano que tomase un plato lleno de ceniza y que, subiendo al lugar desde donde había predicado, esparciese la ceniza sobre su cabeza; pero este hermano, por compasión para con él, no le obedeció. El hermano Pedro, sin embargo, llorando desconsoladamente, sí le condujo tal como le había ordenado. Cuando estuvo de nuevo, así desnudo, delante del pueblo y en el lugar desde donde había predicado, comenzó a hablar en estos términos: "Vosotros y los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo, entran en la Orden de los hermanos y siguen su vida, me creéis un hombre santo. Pues bien, yo confieso delante de Dios y de vosotros que durante mi enfermedad he comido carne y caldo de carne". Y es que, como aseguran los mismos compañeros del santo, la principal preocupación de Francisco durante toda su vida fue no caer en la hipocresía y en la falsedad, no engañar a nadie, ni a la gente que lo consideraba un santo, ni a aquellos que atraídos por su ejemplo habían dejado todo para abrazar la vida de los hermanos.
  

  La reacción fue asombrosa: casi todos los presentes se echaron a llorar de compasión hacia él, sobre todo porque hacía mucho frío y era invierno y él no se había curado todavía de las fiebres cuartanas. La gente reunida aquel día en la plaza de san Rufino entendió perfectamente la lección, acogiendo la necesidad y la urgencia de una verdadera conversión: "Si el hermano Francisco -decían-, cuya vida conocemos y a quien vemos vivo en una carne ya casi muerta por el exceso de la abstinencia y por la austeridad que ha mantenido respecto del cuerpo desde el comienzo de su conversión a Cristo, se acusa con un gesto corporal de tanta humildad de un caso de clara y justa necesidad, ¿qué hemos de hacer nosotros, miserables, que queremos vivir todo el tiempo de nuestra vida según los caprichos y deseos de la carne?" 
  
  Los santos son siempre grandes maestros de vida, no sólo con las palabras, sino sobre todo con la verdad y la autenticidad de sus obras. Antes de exigir a los demás la necesidad de la conversión, se han esforzado ellos mismos por cambiar su vida, tomándose en serio la palabra del Evangelio: “quien quiera ganar su vida (¡de tantas maneras!) la perderá”.

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