«Perlas franciscanas» para la cuaresma (II)

  
Uno de los gestos más fuertes e impactantes que realizó san Francisco al inicio de su conversión fue restituir los bienes a su padre. ¡Delante de todos, en presencia del obispo, se juega el todo por el todo! Su osadía debió resultar incómoda y desconcertante. Este gesto, lleno de significado, curiosamente lo encontramos al principio de su conversión y al final de su camino en este mundo (2Celano 214), cuando fue colocado desnudo sobre la tierra desnuda. Francisco inaugura su vida según el santo Evangelio y la cierra con la misma actitud de abandono confiado y de pobreza radical. San Buenaventura, biógrafo del Poverello, dirá simplemente: «Quedó desnudo para poder seguir al Señor desnudo en la cruz, a quien tanto amaba» (Leyenda Mayor 2, 4b). Había hecho la opción definitiva de seguir a Cristo pobre y, sin calcular las consecuencias y los riesgos, se había confiado por entero al Padre: «De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza» (Leyenda Mayor 2, 4a).

Muchos autores han destacado la importancia decisiva de este gesto en la vida de Francisco. Desnudo como el día de su nacimiento, el hijo del rico mercader Bernardone se puso en camino hacia la nueva vida anunciada por Jesús a Nicodemo (Juan 3, 3ss). Lo suyo no fue simplemente renunciar a los bienes familiares. Francisco, aquel día, ante su padre, el obispo Guido y muchos ciudadanos curiosos, ¡nació de nuevo! Desde ese momento, «libre y seguro» en las manos del Padre y, no lo olvidemos, bajo el cobijo materno de la Iglesia, emprendió una vida pobre, sencilla, itinerante... confiando únicamente en la palabra y en el ejemplo de Jesucristo, es decir, en el Evangelio. Y es que quien acoge el Evangelio "sin rebajas" experimenta que Dios no abandona, que es siempre fiel, y que hay una lógica nueva que ante el mundo es locura y necedad que, sin embargo, encierra una sabiduría y una fuerza únicas: ¡todo es gracia, nada nos pertenece!

Vivir en esta perspectiva significa superar la angustia y el deseo desenfrenado de acumular, conquistar, acaparar (cosas, personas, lugares, proyectos...) para consumir y ser felices, según las enseñanzas del mundo que nos hace esclavos. San Francisco nos enseña a liberarnos del engaño que supone pensar que la felicidad consiste en la saciedad y no en la gratuidad, ya que todo viene del único Dios, Padre de todos, y debe compartirse todo con los otros, como simple deber de restitución: «al volver de Siena, se encontró (Francisco) con un pobre. El Santo dijo al compañero: "Es necesario que devolvamos el manto al pobrecillo, porque le pertenece. Lo hemos recibido prestado hasta topar con otro más pobre que nosotros"» (2Cel 87). Para el Poverello el verdadero mal, el pecado radical, consiste en apropiarse de algo, pues cuanto somos, tenemos y hacemos es don de Dios y debe emplearse como don al servicio de todos. El «milagro evangélico» llamado san Francisco de Asís nació cuando la eficacia de una vida basada sobre el tener y la acumulación fue sustituida por la imagen de Cristo pobre, la imagen de un Dios que se revela pobre y humilde como don radical de sí mismo (fray Giacomo Bini). La libertad y el  desapego de los bienes, atestiguados con una vida sobria que no busca el proprio provecho ni cosas superfluas y que comparte lo que se es y lo que se tiene, son una invitación preciosa para esta cuaresma. La "perla" que nos ofrece san Francisco es muy valiosa en este momento histórico: la tierra es de Dios, nosotros mismos somos propiedad suya y, por lo tanto, lo que somos, los que tenemos, hemos de compartirlo sin avaricia ni arrogancia, porque es palabra certera que "hay más alegría en dar que en recibir".

Entradas populares