Beato Gil de Asís, tercer compañero de san Francisco

Entre los primeros compañeros de san Francisco está el beato Gil de Asís, una de las figuras más sobresalientes del franciscanismo primitivo. Algunos estudiosos lo han definido como «vivo ejemplo de los franciscanos de los primeros días», y, «después de san Francisco, la más hermosa encarnación del espíritu franciscano». Es también el único de los primeros compañeros del Pobrecillo que ha recibido aprobación de culto, siendo considerado “beato” desde su muerte por la voz del pueblo. La Iglesia confirmó este reconocimiento por medio del Papa Pío VI el 4 de julio de 1777. El mismo san Buenaventura lo llama en la Leyenda Mayor «el santo padre Gil, varón lleno de Dios y digno de gloriosa memoria» (3,4). Y el hermano León de Marignano –amigo, confesor y confidente del mismo san Francisco-, «consideraba e invocaba al hermano Gil como un santo». Las fuentes antiguas coinciden en presentar al hermano Gil como un hombre sencillo, humilde, iletrado, que sabía atraer con facilidad a todos al amor de Dios y expresar dichos llenos de sabiduría. Fue un verdadero hermano itinerante, predicando incansablemente por pueblos y ciudades, y visitando como peregrino Santiago de Compostela, el Monte Gargano (Santuario de san Miguel Arcángel), Tierra Santa y más tarde el norte de África. Cuentan que se ganaba la benevolencia de la gente con sus trabajos manuales. Hacía de todo: cargaba agua, recogía nueces, partía leña... Le gustaba pasar largos ratos en silencio con Dios, con quien hablaba en la oración y en la contemplación, fuente de su sabiduría cristiana. De esta manera se convirtió en modelo de la vida franciscana primitiva, cuyo claustro es el mundo, su ocupación cualquier trabajo honesto y humilde, y su mayor alegría estar con Dios.

El día 23 de abril de 1209, después de participar en la misa, Gil bajó a la Porciúncula con la intención de hablar con Francisco. Lo encontró saliendo de un bosquecillo y se le echó a los pies. «¿Qué quieres?», le preguntó Francisco. «Quiero quedarme contigo», respondió Gil. Y se quedó. Francisco lo declaró de inmediato «caballero de la mesa redonda» y en su compañía partió para la Marca de Ancona. A lo largo del camino fray Gil alababa a Dios y lleno de gratitud se postraba en tierra y besaba la hierba, las flores y las piedras. Cuando san Francisco predicaba él permanecía estático y decía a los demás: «Escúchenlo, porque habla maravillosamente». Fuera del tiempo necesario para la oración, Gil trabajaba continuamente y como pago sólo recibía lo estrictamente necesario para la vida. Son célebres sus dichos llenos de sabiduría y de espíritu práctico, con cuyo libro entre las manos se le suele representar. Entre 1215 y 1219 vivió en un eremitorio a las afueras de Asís; entre 1219 y 1220 estuvo como misionero en Túnez; y entre 1225 y 1226 vivió en Rieti, en casa del cardenal Nicoló, deseoso de gozar de sus conversaciones espirituales.

Más tarde, muerto ya san Francisco, su vida transcurrió en los eremitorios de la Umbría, sobre todo en el de Monterípido, a la afueras de Perusa, donde murió santamente muy anciano el 23 de abril de 1262. Su cuerpo fue trasladado al convento de san Francisco de Perusa, donde aún hoy puede ser venerado.

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