Carta del papa Benedicto XVI con ocasión del "Año Clariano"

Con motivo del VIII centenario de la consagración al Señor de santa Clara, el papa Benedicto XVI ha escrito una hermosa carta a la Diócesis de Asís, cuna de santa Clara, a las clarisas y a los franciscanos de todo el mundo. El mensaje fue leído el sábado 31 durante las primeras vísperas del Domingo de Ramos en la Catedral de san Rufino de Asís. El texto que reproducimos no es la versión oficial, sino una traducción que hemos realizado para uso privado. 

  Al venerado hermano Domenico, obispo de Asís: 

  Con alegría he recibido la noticia de que en la Diócesis de Asís, así como entre los franciscanos y las clarisas de todo el mundo, se está recordando a santa Clara con la celebración de un “Año Clariano” con ocasión del VIII centenario de su conversión y consagración al Señor. 
  Tal evento, cuya datación oscila entre el 1211 y el 1212, completaba “en femenino”, por así decirlo, la gracia que había enriquecido a la iglesia de Asís con la conversión del hijo de Pedro Bernardone. Al igual que le ocurrió a Francisco, también en la decisión de Clara se escondía el germen de una nueva fraternidad, la Orden de las clarisas, que convirtiéndose en un árbol robusto continua esparciendo la buena semilla del Evangelio y sirviendo a la causa del reino de Dios desde el silencio fecundo de los claustros. Esta alegre circunstancia me hace volver idealmente a Asís, para reflexionar con usted, venerado hermano, junto con la comunidad cristiana a usted confiada, y, también, con los hijos de san Francisco y las hijas de santa Clara, sobre el sentido de aquel acontecimiento. 
  Lo ocurrido hace 800 años en Asís sigue hablando a nuestra generación y ejerce un gran atractivo entre los jóvenes, a los cuales dirijo mi afectuoso recuerdo con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada este año en las iglesias particulares el Domingo de Ramos. Acerca de su opción radical por Cristo es la misma Clara la que, en su Testamento, nos habla en términos de “conversión”. Y es precisamente partiendo de este elemento que me gustaría comenzar mi reflexión, casi retomando mi discurso acerca de la conversión de Francisco del 17 de junio de 2007 con ocasión de mi visita a la Diócesis de Asís. 
  La historia de la conversión de Clara gira en torno al Domingo de Ramos. Escribe su biógrafo: “Se acercaba el día solemne de Ramos cuando la doncella, con el corazón lleno de fervor, fue a ver al varón de Dios (Francisco), pidiéndole acerca del qué y el cómo de su conversión. El padre Francisco, por su parte, dispuso que el día de la fiesta, compuesta y engalanada, se acercase a recibir la palma mezclada con la gente y que, a la noche, saliendo de la ciudad, convirtiera el mundano gozo en el luto de la pasión del Señor. Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se acercó hasta ella y puso la palma en sus manos” (Legenda Sanctae Clarae virginis, 7). 
  Habían pasado casi 7 años desde que el joven Francisco emprendiera el camino de la santidad. En las palabras del Crucificado -Ve, Francisco, y repara mi iglesia- y en el abrazo a los leprosos, rostro sufriente de Cristo, había encontrado su vocación. El fruto de estos encuentros fue el gesto liberador de renuncia y desapropiación ante la presencia del obispo Guido. Entre el ídolo del dinero que le proponía su padre terreno y el amor de Dios que prometía llenar su corazón, no tuvo ninguna duda sobre cuál de los dos elegir, exclamando con gran determinación: “desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor” (Vita Seconda, 12). Tal decisión de Francisco desconcertó a toda la ciudad. Los primeros años de su “nueva vida” estuvieron marcados por dificultades, amarguras e incomprensiones. Pero muchos empezaron a reflexionar. También la joven Clara, entonces adolescente, fue tocada por el testimonio de Francisco. Dotada de un profundo sentido religioso, fue conquistada por el “cambio radical” de aquel que, hasta entonces, había sido el rey de las fiestas. 
  Buscó el modo de encontrarse con él y se dejó seducir por su amor a Cristo. El biógrafo presenta al joven convertido instruyendo a la nueva discípula en estos términos: “el padre Francisco la exhorta al desprecio del mundo; demostrándole con vivas expresiones la vanidad de la esperanza y el engaño de los atractivos del siglo, destila en su oído la dulzura de su desposorio con Cristo” (Vita Sanctae Clarae Virginis, 5). Según el Testamento de santa Clara, aún antes de recibir a los primeros compañeros, Francisco había profetizado acerca del camino de su primera hija espiritual y de sus hermanas. En efecto, mientras trabajaba en la restauración de la iglesita de san Damián, donde el Crucificado le había hablado, comenzó a anunciar que aquel lugar sería habitado por algunas mujeres que con su estilo de vida glorificarían a Dios (cfr. Tomás de Celano, Vita seconda, 13). 
  La imagen original del Crucifijo de san Damián se encuentra ahora en la Basílica de santa Clara. Aquellos grandes ojos de Cristo que habían fascinado a Francisco se convirtieron en el espejo de Clara. No por casualidad el tema del espejo le resultará especialmente querido, expresándose con estas palabras en su IV carta a Inés de Praga: “mira diariamente ese espejo y observa constantemente en él tu rostro” (IVCla 15). Durante el tiempo en el que se sucedieron los encuentros con Francisco para aprender de él el camino de Dios, Clara era una joven de gran belleza. El Pobrecillo de Asís le mostró, sin embargo, una belleza más grande, que no puede medirse con el espejo de la vanidad, sino que se despliega en una vida de auténtico amor, siguiendo las huellas de Cristo crucificado. En definitiva: ¡Dios es la verdadera belleza! 
  El corazón de Clara quedó iluminado por este resplandor, el cual le dio el valor para dejarse cortar sus cabellos y empezar una vida penitente. Para ella, como para Francisco, esta decisión estuvo llena de dificultades. Si bien es cierto que algunos familiares no tardaron en comprender su opción y, pasado un tiempo, hasta su madre y dos de sus hermanas la siguieron en su opción de vida, otros reaccionaron de manera violenta. Su fuga de casa, en la noche entre el Domingo de Ramos y el Lunes Santo, fue una auténtica aventura. En los días siguientes fue llevada a los lugares en los que Francisco le había preparado un refugio. En vano buscaron hacerla desistir de su propósito, incluso por la fuerza. Para esta lucha Clara se había preparado y, si bien es cierto que su guía era Francisco, un fuerte apoyo lo encontró también en el obispo Guido, como sugieren algunos indicios. Se explica de esta manera el gesto del prelado, el cual se había acercado hasta ella para ofrecerle la palma, como si a través de este gesto hubiese querido bendecir su valiente elección. Por otro lado, sin el apoyo del obispo difícilmente se hubiera podido realizar el proyecto ideado por Francisco y llevado a la práctica por Clara, ya sea en la consagración que hizo de sí misma en la Porciúncula ante Francisco y sus hermanos, como en la acogida que ella recibió los días siguientes en el monasterio de san Pablo de las Abadesas y de santo Ángel de Panzo, antes de su llegada definitiva a san Damián. 
  De esta manera, la aventura de Clara, como la de Francisco, presenta un profundo carácter eclesial. En ella se encuentran un pastor iluminado y dos hijos de la Iglesia que se confían a su discernimiento, estableciéndose una interrelación estupenda entre carisma e institución. 
  El amor y la obediencia a la Iglesia, tan presentes en la espiritualidad franciscano-clariana, hunden sus raíces en esta hermosa experiencia que tuvo lugar en la comunidad cristiana de Asís, la cual no sólo engendró en la fe a Francisco y a su “plantita”, sino que además les acompañó diligentemente por el camino de la santidad. 
  Francisco había intuido perfectamente las razones por la que Clara debía fugarse de casa al inicio de la Semana Santa. Toda la vida cristiana y, por lo tanto, también la vida de especial consagración, son fruto del misterio pascual y participación en la muerte y resurrección de Cristo. En la liturgia del Domingo de Ramos dolor y alegría se entrelazan, como un tema que se irá desplegando en los días sucesivos a través de la oscuridad de la Pasión hasta llegar a la luz de la Pascua. Clara, con su opción, revive este misterio. El día de las palmas recibe, por así decirlo, el proyecto, entrando posteriormente en el drama de la Pasión cuando le cortan sus cabellos, para expresar de esta manera la renuncia a sí misma y convertirse en esposa de Cristo por la humildad y la pobreza. A partir de este momento Francisco y sus compañeros se convertirán en su familia. Muy pronto llegarán también algunas hermanas desde lejos, aunque los primeros “brotes”, como le ocurrió al mismo Francisco, germinarán en Asís. Santa Clara permanecerá siempre unida a su ciudad, demostrándolo especialmente en algunos momentos difíciles, cuando gracias a su oración libró a sus conciudadanos de una segura destrucción. Dijo entonces a sus hermanas: “hijas carísimas, recibimos a diario muchos bienes de esta ciudad; sería gran ingratitud si, en el momento en que lo necesita, no la socorremos en la medida de nuestras fuerzas (Legenda Sanctae Clarae Virginis). 
  En su significado más hondo la conversión de Clara es una conversión al amor. Ya no volverá a usar las ropas delicadas de la nobleza de Asís; desde ese momento su elegancia será la de un alma entregada a la alabanza a Dios y al don de sí misma. Poco a poco, en el pequeño espacio del monasterio de san Damián, en la escuela de Jesús Eucaristía contemplado con afecto esponsal, se irán perfilando los rasgos de una fraternidad caracterizada por el amor a Dios y por la oración, la atención recíproca y el servicio. En este contexto de fe profunda y de gran humanidad, Clara se hace intérprete del ideal franciscano, implorando el privilegio de la pobreza, es decir, la renuncia a poseer bienes incluso comunitariamente. Una elección que desconcertó durante mucho tiempo al mismo Pontífice, el cual tuvo que rendirse finalmente al heroísmo de su santidad. 
  ¿Cómo no proponer el ejemplo de Clara y de Francisco a los jóvenes de hoy? El tiempo que nos separa de la aventura de estos dos santos no ha hecho disminuir en absoluto su fuerza de atracción. Al contrario, es posible constatar su actualidad si los comparamos con las ilusiones y desilusiones que a menudo determinan la condición de los jóvenes de hoy. Nunca antes una época hizo soñar tanto a los jóvenes con el atractivo de una vida en la que todo parece posible y lícito. Y, sin embargo, ¡cuánta insatisfacción se constata! ¡Cuántas veces la búsqueda de la felicidad y de una realización personal acaba llevándoles por caminos que conducen a paraísos artificiales, como los de la droga y la sensualidad desenfrenada! 
  Del mismo modo, la situación actual marcada por la dificultad para encontrar un trabajo digno y poder formar una familia unida y feliz, hace que sólo se vean densos nubarrones en el horizonte. Sin embargo, no faltan jóvenes que, también en nuestros días, acogen la invitación a fiarse de Cristo y a encarar con valentía, responsabilidad y esperanza el camino de la vida, optando incluso por dejarlo todo para seguirle en el total servicio a Él y a los hermanos. 
  La historia de Clara, al igual que la de Francisco, es una invitación a reflexionar acerca del sentido de la existencia y a buscar en Dios el secreto de la verdadera alegría. Además, su testimonio evidencia de manera elocuente que quien cumple la voluntad del Señor y confía en él, no sólo no pierde nada, sino que encuentra el verdadero tesoro capaz de dar sentido a todo. 
  A usted, venerado hermano, a la iglesia de Asís que tiene el privilegio de contar entre sus hijos a Francisco y a Clara, a las clarisas, que muestran cada día la belleza y la fecundidad de la vida contemplativa para provecho de todo el pueblo de Dios, a los franciscanos de todo el mundo y a tantos jóvenes en búsqueda y necesitados de luz, entrego esta breve reflexión.
 Deseo que contribuya a redescubrir cada vez más estas dos figuras luminosas del firmamento de la Iglesia. Con un recuerdo especial hacia las hijas de santa Clara del Protomonasterio de Asís y de los otros monasterios del mundo entero, imparto de corazón mi Bendición Apostólica. (Ciudad del Vaticano, 1 de abril de 2012).

Señor, gracias por nuestra hermana Clara. Su vida nos recuerda que la llama del Evangelio se nutre con la llama de la caridad: la caridad silenciosa, humilde, paciente, carente de esplendor y de éxitos externos; la caridad que no pretende actuar por sí sola, sino en la comunión y en la santa unidad; la caridad que se abre sin temor y sin reservas al abandono confiado en tus manos. Haz, Señor, que aprendamos que esta caridad es la condición para que la sal y la luz del Evangelio puedan iluminar y dar sabor al corazón de los hombres y mujeres de hoy. Te lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

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