4 de abril de 2012

La pasión de Cristo para san Francisco

La Admonición V de san Francisco es una verdadera joya. En ella el Poverello nos presenta la pasión del Señor de manera realista y como fruto del pecado del hombre. El lenguaje medieval que utiliza puede parecernos un obstáculo para nuestra comprensión, sin embargo, al leerla despacio, es fácil quedar sobrecogidos por dos constataciones: la certeza del amor de Dios por nosotros, ¡nuestra inmensa dignidad!, y, a la vez, la certeza del poder devastador del pecado. Con un lenguaje directo y sin miramientos, Francisco reconoce la "responsabilidad" de los demonios en el hecho atroz de la crucifixión del Hijo de Dios, pero también la responsabilidad del hombre que, con su maldad, deleitándose en sus "vicios y pecados", la prolonga en la historia. Como buen conocedor del espíritu humano, san Francisco utiliza el verbo "deleitarse" no por casualidad: está hablando de algo más que "caer" en el pecado. Aquí se trata de "amar" el vicio y el pecado, de elegirlo y buscarlo, de quererlo y no evitarlo. Ya san Agustín había escrito en su comentario al evangelio de san Juan: "hay muchos que aman sus pecados". Las palabras de Francisco nos colocan ante la profundidad que el egoísmo puede alcanzar en el propio corazón, hasta dónde es capaz de llegar: hasta rechazar al que se entrega como sólo Amor, hasta crucificar con sus poderes de muerte al Señor de la vida.

Jesús, entrando en el entramado de nuestra historia, ha cargado con el peso y la violencia de nuestros pecados; por eso, san Francisco, mirando con ojos de fe al Hijo de Dios en la cruz, percibe claramente lo devastador que es el pecado del mundo. Es como si cayera en la cuenta de que en la pasión de Cristo nuestra maldad ha reaccionado ante la bondad, se ha desatado con irritación nuestro orgullo ante la humildad, nuestra corrupción se ha resentido ante la limpidez esplendorosa de Dios. Nosotros, neciamente rebeldes, nosotros, con nuestros absurdos pecados, hemos clavado y seguimos clavando en la cruz al Señor. Pero Él, tomando la cruz sobre sus hombros, nos responde con el poder de su amor. Misterio insondable de bondad. Misterio de humildad. Misterio de redención. Aquel que comprende este misterio no busca ya su propia gloria, ni adorarse a sí mismo, sino, más bien, cargar con su propia cruz y seguir la huellas de su Maestro para compartir su mismo destino. ¡No hay gloria ni premio más grande!, nos dice san Francisco. 

«Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu. Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. Y aun los demonios no lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados. ¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia y supieras interpretar todo género de lenguas e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo»