Testigos de la Resurrección


Nos lo cuentan los testigos privilegiados: Pedro, Juan, María Magdalena, Tomás... Y nos fiamos. Porque ponen en sus palabras energía, fuerza y convicción. Y porque escuchamos que a partir de aquel momento, cuando le vieron con sus propios ojos realmente vivo, comenzaron a vivir de tal manera que parece que eso que cuentan sea verdad. Y entonces pensamos: "tiene que ser verdad". Su testimonio es el fundamento de la fe de la Iglesia, alternativo a la fantasía que también a los antiguos les parecía falta de realidad: la resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico sin dejar de ser trascendente, aunque no es reducible al control empírico de la ciencia, que, por lo demás, es incapaz de acaparar para sí misma todo lo que el hombre puede históricamente conocer. Su testimonio ha llenado la historia, ¡y sigue llenándola!, de esperanza, y es capaz de devolver el brillo a nuestros ojos: ¡Verdaderamente Cristo, el Señor, ha resucitado! Sus relatos prometen encuentro y compañía, porque no hablan de teoría, sino de vida; de tu vida, de mi vida. Y nos cuentan que todo va a acabar bien, porque han visto que el plan de Dios vence. Qué Dios está con nosotros. Qué el Evangelio es verdad. Qué no es un cuento. Ahora, resucitado de entre los muertos, Jesucristo nos invita a descubrir su rostro oculto en tantos rostros y vidas. Y a aceptar los ratos en que haya un poco más de sombra o en que ese rostro parece ausente. Porque su distancia no es definitiva, sino otra forma de presencia. Hay que abrir bien los ojos, ¡los de la fe!, para reconocerle en su Palabra, en el pan y en el vino de la Eucaristía, que son su Cuerpo y su Sangre, en la entrega gratuita de tantos hombres y mujeres, en las personas que viven bendiciendo, repartiendo paz y bien a manos llenas.

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