El Espíritu Santo en san Francisco de Asís

El Espíritu Santo es el verdadero secreto que explica la vida de Francisco, la fuente escondida en el corazón de la que procede toda su intuición e iniciativa. Leyendo las primeras biografías del Santo bajo esta luz, quedamos impresionados por un hecho: se puede decir que casi cada capítulo de éstas comienza con fórmulas del tipo: “movido por el Espíritu Santo” o “lleno de la gracia del Espíritu” o “por divina inspiración”, Francisco dijo, anduvo, hizo... A una acción específica del Espíritu se atribuyen todos los grandes cambios de su vida. 

Por “impulso del Espíritu” Francisco entró en San Damián y recibió el mandato: “¡Ve, Francisco, repara mi casa!”, y fue el mismo Espíritu quien le reveló poco a poco el sentido y servicio. Fue también “por la gracia del Espíritu Santo” por la que descubrió más tarde que el Señor no le llamaba a él y a sus compañeros “sólo para su salvación, sino también para la de muchos otros”, descubrió la dimensión apostólica y misionera de su fraternidad. Sus palabras estaban “llenas del poder del Espíritu Santo”; invocaba al Espíritu antes de predicar y las palabras afluían de tal modo que daba la sensación a todos de que “no era él el que hablaba, sino el Espíritu del Señor” (San Buenaventura, Leyenda Mayor, 12,7). Tal fue su confianza en el Espíritu Santo que llegó a proclamarle “Ministro general de la Orden”, sintiendo no poder introducir esta idea en la Regla, habiendo sido ya ésta aprobada con la bula (Celano, Vida segunda, 193).

No es extraño que dijera a sus hermanos que aquello que debían desear por encima de todo era “tener el Espíritu del Señor y su santa operación”, porque su seguimiento de Cristo no debía ser un esfuerzo programado de imitación metódica de Cristo en esta o aquella virtud, sino en el tener en sí el Espíritu del Señor y los mismos sentimientos que tenía Él.  El Espíritu Santo, que es el secreto de la vida de Cristo, su “compañero inseparable”, como lo define san Basilio, aquel que inspira todas sus acciones y guía todos sus pasos, es también el secreto íntimo de la vida de san Francisco...

Espíritu Santo, inspiración íntima 
que conduce hacia el bien, la verdad y la belleza. 
Luz interior, que ilumina la noche del alma, 
concediendo la certeza de la fe.
Amor de Dios, permanente destello de la relación más sincera: 
sé que eres el autor de mis logros, la respuesta a mi súplica, 
el descanso en mi fatiga, la tregua en mi trabajo, 
el cobijo en la hora aciaga, el techo que me cubre en la intemperie. 
Aunque no sea consciente de tu obrar en mí, no dejes de actuar, 
para que, con mi colaboración o con mi inconsciencia, 
te sirva de mediación para que otros experimenten tu apoyo. 
Espíritu Santo, Defensor y Amigo, Tú eres respetuoso y sagaz: 
realiza en mí el proyecto que Dios quiere que yo lleve a término con su gracia, 
que eres Tú mismo, divino aliento.

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