17 de mayo de 2012

¿Es posible una «respuesta franciscana» a la crisis?


En un mundo dividido y en crisis, sacudido por profundos cambios y grandes desigualdades, san Francisco supo ser el hombre de la fraternidad, que no fue una invención suya, sino un re-descubrir a la luz del Evangelio, vivido con radicalidad, aquel estilo de relaciones propuesto y vivido por Cristo con sus discípulos. Sin caer en idealismos desencarnados, se puede afirmar que la primera fraternidad franciscana supo traducir en formas provocadoras esta actitud evangélica, presentándose como un grupo  de verdad "alternativo" que ofrecía una forma nueva de organización social (simplemente hermanos) y económica (desapropiados-pobres), donde la satisfacción de las propias necesidades no producía víctimas... No es de extrañar que aquel pequeño grupo causara tanto impacto entre los jóvenes hijos de las nuevas familias de comerciantes, ¡los nuevos ricos de entonces! La desapropiación, fuente de auténtica libertad, y la solidaridad fueron los dos elementos donde encarnaron su pobreza, y estos mismos elementos son los que nos deben cuestionar también hoy a nosotros, interpelados con fuerza por la tremenda crisis que nos rodea. «Al volver de Siena, se encontró (Francisco) con un pobre. El santo dijo al compañero: "Es necesario que devolvamos el manto al pobrecillo, porque le pertenece. Lo hemos recibido prestado hasta encontrarnos con otro más pobre que nosotros"» (2Celano 87). 

Ante una sociedad cuya economía se ha fundado y sigue fundándose en el consumismo y en la creación constante de necesidades de todo tipo, cabe exigirnos un poco de lucidez para ver y saber distinguir las verdaderas necesidades personales de las creadas artificialmente para incrementar sin control la producción y, con ella, la riqueza. No es retórica: el consumo del primer mundo, en el que nos encontramos, no es tan inocente como podría parecer, pues necesita para su mantenimiento seguir despojando y apropiándose injustamente de las riquezas naturales, del trabajo y de la dignidad de tantos hombres y mujeres. 

Para san Francisco el verdadero mal, el pecado radical, consistía en apropiarse de algo, pues cuanto somos, tenemos y hacemos es don de Dios y debe emplearse como don al servicio de todos. Se trata de restituir todo a Dios, pues todo le pertenece. Francisco nos lanza también hoy el reto de la "restitución" para volver a crear un clima de confianza recíproca, de solidaridad, de comunión y de fraternidad. La propuesta de Francisco, por ingenua que parezca, sigue siendo válida porque encierra una fuerza capaz de encauzar esta situación tan complicada: acercarse a todo hombre como a un hermano, cambiando el recelo en confianza, la competición en colaboración, la hostilidad en hospitalidad.

¿Y si nos atreviéramos a experimentar qué ocurre cuando nos decidimos a recorrer el mismo camino del Poverello? ¿Y si fuéramos capaces de recorrer otros caminos menos transitados y quizás más arduos, corriendo el riesgo de hacer alguna pequeña locura que sacuda nuestra instalación y nos haga experimentar la "sana locura" del santo Evangelio?