Mañana, mañana...


Cuenta el evangelista san Mateo que mientras Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces «Jesús los llamó e inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Y en la Leyenda de los Tres Compañeros leemos que san Francisco, después de escuchar en Espoleto la voz que le invitaba a volver a su tierra para entender allí lo que Dios quería de él, «nada más amanecer, alegre y sumamente gozoso, se volvió a Asís a toda prisa, con la esperanza de que el Señor le revelase su voluntad»

Estos dos textos, uno del Evangelio y otro de las Fuentes Franciscanas, nos hablan de un aspecto muy importante de la vocación: ¡LA URGENCIA! Una vez escuchada la llamada y tomada la decisión, ¡hay que lanzarse! No podemos dejarnos paralizar por el miedo, ¡lancémonos con miedo! Como Pedro sobre las aguas del lago, porque, aunque dudemos, siempre encontraremos una mano tendida que nos agarrará para que no sucumbamos. Y el miedo desaparecerá. Lo cierto es que la decisión se debe concretizar en la acción. Es necesario poner todos los medios que estén a nuestro alcance para realizar lo que hemos decidido en nuestro corazón. No hemos de ceder a la tentación de posponer el paso: «Te seguiré, Señor, pero déjame primero...» (Lucas 9, 59-61). La llamada del Señor nos urge, nos interpela, nos pone en movimiento y pide convertirse en la gran prioridad de nuestra vida. Y, ¿cuando sobrevengan la dificultad, el temor o las dudas? Confiar y permanecer fieles, porque el camino emprendido no será siempre fácil, seguro, llano. Para seguir a Cristo hay que estar dispuestos a todo, pasar por lo que sea, ser capaces de afrontar cualquier dificultad: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lucas 9,23). Pero estas palabras exigentes del Señor no deben asustarnos, porque tenemos en nosotros la fuerza del Espíritu Santo y, a nuestro lado, la cercanía de María y de los santos que nos animan con su ejemplo en el camino del Evangelio y nos ayudan siempre con su intercesión. No digas «mañana, mañana»..., sino «aquí estoy, envíame».

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