29 de junio de 2012

San Francisco y su amor a los apóstoles Pedro y Pablo

Estatua de san Francisco en Roma, en su peregrinación a las tumbas de los Apóstoles

Cuenta san Buenaventura que el hermano Francisco, “al recordar a los santos, sentía como si un fuego se le encendiera en el corazón. Cultivaba una gran devoción a todos los apóstoles, especialmente a Pedro y a Pablo, por la ardiente caridad con que amaron a Cristo; y en reverencia y amor hacia los mismos dedicaba al Señor el ayuno de una cuaresma especial” (Leyenda Mayor 9). 

El testimonio de Pedro, de Pablo y de los demás apóstoles es el fundamento de la fe de la Iglesia, alternativo a la fantasía que también a los antiguos les parecía falta de realidad: la resurrección de Cristo. Su testimonio ha llenado la historia, ¡y sigue llenándola!, de esperanza. Su encuentro con Cristo -el cual les cambió la vida-, sus dificultades para entender y abrirse a la novedad de su palabra y de su persona, sus debilidades y torpezas, -¡tan parecidas a las nuestras!-, pero sobre todo su amor por el Señor que les llevó a derramar su sangre por Él, son para nosotros estímulo y fortaleza en el camino de la fe, porque no hablan de teoría, sino de vida. 

Que san Pedro y san Pablo nos ayuden a amar cada vez más a la Iglesia una, santa, católica y apostólica y nos enseñen también a ofrecer con alegría por su santidad y su misión las fatigas y los sufrimientos soportados por fidelidad al Evangelio; que velen siempre sobre el ministerio de sus sucesores, especialmente sobre el Papa Benedicto XVI; y que con su intercesión toda la Iglesia se renueve para poder vivir y actuar, cada día con mayor autenticidad, según la libertad de los hijos de Dios.