3 de julio de 2012

Los signos de un amor victorioso y sanador


«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré... Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree. Tomás le respondió: Señor mío y Dios mío».

¡Cuántas heridas abiertas, cuánto dolor en el mundo, en las personas que encontramos cada día, también en cada uno de nosotros! La herida de la soledad; de las propias lagunas físicas, intelectuales, afectivas; la herida del desencanto, de la decepción, del desamor, de la indiferencia; las heridas del pecado; la herida de la propia finitud. Y, ¡qué certeza de su misericordia nos dan sus heridas y qué consuelo significan para nosotros! En primer lugar, porque en el cuerpo glorioso del Señor han permanecido los signos más profundos y verdaderos, y también más dolorosos, de nuestra humanidad, como signos de su total solidaridad con nosotros. Naciendo de la Virgen María, se hizo hermano nuestro, “tomando nuestra carne humana y frágil”, nos recuerda san Francisco. Puede estar, por tanto, a nuestro lado, compartir nuestro dolor y compadecerse, porque también Él lo ha experimentado en su carne. Pero Él es también y siempre el Hijo de Dios y esta solidaridad suya con nosotros se hace radicalmente transformadora, liberadora, salvadora. Por eso dice el apóstol Pedro que sus heridas, precio de nuestro rescate y muestra de su “amor hasta el extremo”, ¡nos han curado y nos curan! Esto fue lo que experimentó el apóstol Tomás. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a su fe, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se volvieron, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso y sanador. 

Este hecho es un Misterio en el que se vislumbra un amor inmenso, eterno, como anunció Jeremías, imposible de entender totalmente. Aquel que quiso hacerse buen samaritano, vendar heridas, curar enfermedades, acercarse a la humanidad sufriente, «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» y «llevó nuestros pecados en su cuerpo». Se dejó impregnar por nuestros sufrimientos para llevar Él el peso más fuerte del dolor. Y es que hay una dimensión del mal que nos supera y un excedente de sufrimiento que nos desborda y que el Señor ha decidido «echarse a la espalda», como había profetizado Isaías. En sus heridas podemos reconocer las nuestras, no solo porque se parezcan, sino porque de verdad las ha hecho suyas.

Al celebrar la fiesta del apóstol Tomás reconocemos que ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia, el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él resucitado. Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, como le ocurrió a Francisco con los leprosos. Unas heridas que el Resucitado nos invita a tocar, en la fe, sin haber visto, en cada eucaristía y en las penas y los sufrimientos de cada ser humano.