El Perdón de Asís o Indulgencia de la Porciúncula


Como cada año, al acercarse el 2 de agosto, la Basílica de Santa María de los Ángeles de la Porciúncula, en Asís, se dispone a acoger a los miles de peregrinos que, procedentes de toda Italia y de otros muchos países, llegarán hasta ella para obtener la Indulgencia de la Porciúncula o el “Perdón de Asís”. La gran Basílica de los siglos XVI y XVII encierra la humilde iglesita dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, segunda morada, después del tugurio de Rivotorto, de san Francisco y de sus primeros hermanos, y lugar santo en el que Francisco la tarde del 3 de octubre de 1226, “cumplidos en él todos los misterios de Cristo, acogió a la hermana muerte cantando” (Tomás de Celano). En esta misma iglesia recibió Francisco la consagración de Clara, en la noche del Domingo de Ramos de 1211, dando así origen a la Orden de la hermanas pobres. 

Según una antigua tradición que se remonta al 1216, en la Porciúncula, bajo el amparo de la Madre de Dios, el mismo Cristo, apareciéndose a Francisco, le concedió la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís. Si bien es cierto que las leyendas franciscanas del siglo XIII, las más antiguas, no hablan de ella, ni tampoco se publicó ningún diploma de la Cancillería romana referente a su concesión, la Iglesia ha seguido, hasta nuestros días, otorgando y ampliando esa gracia extraordinaria, puerta siempre abierta para recibir el perdón y la misericordia de Dios. La indulgencia de la Porciúncula se extiende, desde el mediodía del 1 de agosto a todo el 2 de agosto, a todas las iglesias franciscanas esparcidas por el mundo. Sobre la cuestión de las indulgencias y las disposiciones para recibirlas remitimos a lo que dice el Catecismo de la Iglesia

Este es el precioso relato de la concesión de la Indulgencia de la Porciúncula: Un día del verano de 1216, el Pobrecillo partió para Perusa, acompañado del hermano Maseo. La noche anterior Cristo y su Madre, rodeados de espíritus celestiales, se le habían aparecido en la capilla de Santa María de los Ángeles: - Francisco -le dijo el Señor-, pídeme lo que quieras para gloria de Dios y salvación de los hombres. - Señor -respondió el Santo-, os ruego por intercesión de la Virgen aquí presente, abogada del género humano, concedáis una indulgencia a cuantos visitaren esta iglesia. La Virgen se inclinó ante su Hijo en señal de que apoyaba el ruego, el cual fue oído. Jesucristo ordenó luego a Francisco se dirigiese a Perusa, para obtener allí del Papa el favor deseado. Ya en presencia de Honorio III, Francisco le habló así: - Hace poco que reparé para vuestra Santidad una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ahora vengo a solicitar en beneficio de quienes la visitaren en el aniversario de su dedicación, una indulgencia que puedan ganar sin necesidad de pagar ofrenda alguna. - Quien pide una indulgencia -observó el Papa-, conviene que algo ofrezca para merecerla... ¿Y de cuántos años ha de ser esa que pides? ¿De un año?... ¿De tres?... - ¿Qué son tres años, santísimo Padre? - ¿Quieres seis años?... ¿Hasta siete? - No quiero años, sino almas. - ¿Almas?... ¿Qué quieres decir con eso? - Quiero decir que cuantos visiten aquella iglesia, confesados y absueltos, queden libres de toda culpa y pena incurridas por sus pecados. - Es excesivo lo que pides, y muy contrario a las usanzas de la Curia romana. - Por eso, santísimo Padre, no lo pido por impulso propio, sino de parte de nuestro Señor Jesucristo. - ¡Pues bien, concedido! En el nombre del Señor, hágase conforme a tu deseo.

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