En el corazón de san Francisco: la carta al hermano León

Sólo tres escritos de san Francisco han llegado hasta nosotros tal y como salieron de sus manos. Dos, la Bendición al hermano León y las Alabanzas al Dios Altísimo, están en los dos lados de un mismo pergamino, conservado y expuesto en el Sacro Convento de Asís. Un tercero, la Carta al hermano León, está expuesto en la catedral de Espoleto. Son dos pergaminos pequeños que el mismo hermano León guardó consigo hasta el final de su vida, seguramente en un bolsillo del hábito cerca del pecho. ¡Eran tan queridos para él! ¡Le hicieron tanto bien! El escrito que se conserva en la catedral de Espoleto es una sencilla y breve carta que rezuma libertad interior, verdadera fraternidad, ternura y confianza. No hay duda en cuanto a su autenticidad: el estilo es el del hermano Francisco, que habla al corazón de León “como una madre”. Durante siglos el pergamino fue conservado por los franciscanos conventuales en el convento de Espoleto, hasta que en 1860, con la supresión del convento durante la unificación italiana, pasó a la catedral. El párroco de la catedral en 1895 quiso venderlo a los estadounidenses, pero el asunto fue presentado al Papa León XIII, que dio una pensión anual de 200 liras al párroco para que el Vaticano se quedara con la reliquia. Después la entregó, de nuevo, a la catedral de Espoleto. 

El texto dice así: “Hermano León, tu hermano Francisco te desea salud y paz. Así te digo, hijo mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino, brevemente lo resumo y aconsejo en estas palabras, y si después tú necesitas venir a mí por consejo, pues así te aconsejo: Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia. Y si te es necesario en cuanto a tu alma, para mayor consuelo tuyo, y quieres venir a mí, ven León”.

Francisco y León han caminado juntos y han compartido con detenimiento sobre el caso del alma del hermano León (seguramente León está atravesando un momento de duda o confusión; de crisis, diríamos hoy). Al final, Francisco lo resume todo en un consejo y en una palabra: “Haz como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigue sus huellas”. Respuesta desconcertante y, a la vez, llena de sabiduría. El texto, tras una primera lectura, parece no decirnos mucho... Y, sin embargo, una mirada atenta nos descubre las perlas que encierra, salidas del corazón mismo de Francisco hacia quien fue su amigo, confidente, secretario y confesor.

En primer lugar, san Francisco está queriendo decir al hermano León que cuando nos acercamos a la voluntad de Dios descubrimos que lo más importante no son las decisiones concretas que tomamos, sino las actitudes de donde nacen. El deseo y la fuente de donde brotan. El amor de donde parten. Es bueno acertar y tratar de tomar las decisiones correctas, sin duda, pero previamente es mejor que una actitud de disponibilidad invada nuestra voluntad. No una disponibilidad servil o cumplidora, sino la disponibilidad de quien quiere, por encima de todas las cosas, "abrir el oído de su corazón para obedecer a la voz del Hijo de Dios" (San Francisco, Carta a la Orden 6).

En segundo lugar, Francisco devuelve al corazón del hermano León la responsabilidad de la decisión a tomar. El criterio que le da no es la arbitrariedad (¡haz lo que te de la gana!), sino lo que el Señor quiera. Esto significa que en cada circunstancia, en cada situación, en cada encuentro... hemos de aprender a escuchar lo que el Señor mueve en mí y lo que desde dentro voy percibiendo que es lo que más le agrada. A veces nos gustaría que las cosas fueran más claras y nítidas, que la voluntad de Dios se nos revelara más abiertamente. Sin embargo, ni esa obediencia estaría a la altura de la dignidad de la persona, ni esa voluntad estaría a la altura de la libertad del Señor. El único criterio es lo que el Espíritu Santo nos va susurrando desde dentro en cada ocasión y los pasos que nosotros desde la fe, es decir, desde la confianza, estamos dispuestos a dar.

Pero Francisco sabe que esta libertad interior no se improvisa, sino que es el resultado de una relación asidua y prolongada con el Señor a lo largo de los años. En esa relación hemos aprendido a confiar y a adorar. Hemos descubierto que los caminos del Señor son infinitamente más grandes y más generosos que los nuestros. Hemos intuido que ese Señor es el Señor de la historia y que por tanto su voluntad ve más y mejor que la nuestra. ¡Siempre crea más reino, siempre produce más vida, siempre construye más! Unas veces, la voluntad de Dios coincidirá con nuestro querer y entonces nos llenaremos de alegría; y otras una certeza interior, indemostrable, nos moverá a hacer algo que no nos brota naturalmente, que no nos sale espontáneamente, percibiendo incluso que otra decisión sería mejor y más útil. Es la hora de la obediencia de amor, porque presentimos que el Señor cuenta con aquella decisión difícil para seguir llevando hacia delante su obra...

Quizás nunca sepamos del todo si hemos acertado o no, si estamos haciendo caso a la voz del Señor o a nuestra conveniencia y capricho. Un cosa está clara: sabemos que sí acertamos cuando confiamos y amamos. Es decir: cuando hemos querido buscar con sinceridad el querer del Señor; cuando, cada vez más, vamos haciendo de su voluntad lo más querido y buscado; cuando nos vamos desapegando y liberando de proyectos concretos para que su Proyecto vaya desplegándose en nosotros; cuando nos atrevemos a permitir que el Señor toque nuestros intereses intocables... Entonces surge de nosotros una libertad interior nueva. Ya lo de menos es acertar o no con la decisión tomada, lo más importante es cuanto hemos ganado en amor al Señor y en libertad, cuanto se ha ensanchado nuestro corazón. Lo otro es sólo obediencia mecánica, que ni compromete el corazón, ni la vida, ni la fe.

Una última cosa parece decirnos Francisco: ¡este camino no podemos ni debemos hacerlo solos! Es fundamental que siempre haya una hermana o un hermano a nuestro lado, no para dirigir nuestros pasos, decidiendo por nosotros, sino para que nos acerque a esa disposición de no querer otra cosa que aquello que “mejor agrada al Señor y te lleva a seguir sus huellas”. Y al contrario, es esencial que otros nos sepan hermanos incondicionales con los que poder contar en cualquier momento para caminar y buscar juntos el querer de Dios. Sentir la cercanía y el cariño inmenso, a la vez que el respeto absoluto que siente san Francisco de Asís hacia su querido hermano y amigo León, no tiene precio. ¡Y esta es, en definitiva, la verdadera fraternidad!

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