14 de agosto de 2012

San Maximiliano Kolbe: ¡Sólo el amor crea!

Tal día como hoy del año 1941, ¡víspera de la solemnidad de la Asunción de la Virgen!, en el campo de concentración de Auschwitz, lugar infernal de oscuridad y de muerte, nuestro hermano Maximiliano Kolbe, franciscano conventual polaco, que había atravesado los caminos del mundo movido por un inmenso ardor apostólico y por el deseo de difundir sin descanso la gloria de Dios, se convirtió en una luz de esperanza, en un puñadito de sal que transformó en buen sabor de caridad tanta amargura, tanto sinsentido, tanta muerte. Murió asesinado, sí: ¡pero no fue vencido o derrotado! En el campo de concentración san Maximiliano se convirtió en testigo “del amor más grande” que vence aunque parece ser vencido, haciendo presente al Dios vivo y operante en la historia de los hombres, tantas veces marcada por el odio, el sufrimiento y la muerte... Jesucristo, la Virgen Inmaculada y san Francisco fueron sus tres grandes amores, es decir, el secreto de su heroica caridad. Su vida de hermano menor, semilla preparada por años de entrega sin descanso, por horas y horas de oración, por fatigas y desvelos apostólicos sin número junto a sus hermanos… estaba lista para caer en tierra y dar fruto de salvación y de esperanza: ¡El amor ha resultado más potente que la muerte, más potente que el mal! 

En el campo de concentración Dios estaba escondido en el corazón grande, franciscano y sacerdotal, de este hermano nuestro. Pero para comprender la etapa de Auschwitz y su gesto final es necesario ver lo que fue Niepokalanów. Su entrega hay que verla siempre a la luz de la Consagración diaria a la Inmaculada: “Debo empezar hoy para donarme mañana... de lo contrario sería simplemente un acto de arrojo, pero no un gesto que coronará una vida de santidad”, había escrito muchos años antes. Nuestro hermano fue fuerte en su tormento, pero aun más fuerte en su amor a Cristo, al que fue fiel, en el que creció a lo largo de toda su vida en la escuela de María, en el que maduró a través del sufrimiento y la desapropiación total en el campo de Auschwitz. Es por ello que el padre Kolbe sigue siendo un testigo singular de la victoria de Cristo sobre la muerte, un testigo singular de la luz humilde pero invencible de la resurrección.

Testimonio de varios prisioneros de Auschwitz, compañeros del padre Kolbe:

“Desde el primer día de su llegada al campo de la muerte, me encontraba frecuentemente con el padre Maximiliano, después de que pasaran lista por la tarde. Aunque tuviera su cabeza habitualmente inclinada hacia adelante -tal vez a causa de su precaria salud- y hablara despacio y en voz baja, sus palabras me infundían esperanza y fortaleza, para sobrellevar los sufrimientos del campo con gran y profunda satisfacción y alegría. Después de escucharlo ya no sentía miedo a morir, una perspectiva que nos amenazaba constantemente. En el campo de concentración donde estábamos abrumados por los sufrimientos inhumanos y despojados de la fe, él no sólo aceptó todo como de la mano de Dios, sino que se lo agradecía y lo amaba aún más”

“Fue él quien me alentó a hablar y terminé confesándome. Me sentía tan desdichado y desesperado. ¡Quería vivir! Sus palabras, por otra parte, fueron simples y profundas. Me instó a que tuviera fe firme en la victoria del bien. “El odio no es creativo, sólo el amor es creativo”, me susurró apretándome cálidamente la mano en su ardor. “Estos sufrimientos no nos quebrantarán sino que nos ayudarán más y más para fortalecernos”. La manera como continuó apretando mi mano tan cálidamente y el modo como refería todo a la misericordia de Dios me reanimaron”.

Orando en el búnker del hambre, donde murió san Maximiliano Kolbe