Urge una respuesta...


Los verdaderos tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a Cristo, en tantos que conocen una “caricatura suya” o que quizás han oído hablar mal de él y por eso no le aman; en tantos que viven sin rumbo, que caminan sin esperanza, que buscan en lugares equivocados y no encuentran porque nadie les ayuda; en tantos que esperan conocer una alternativa a la soledad, al egoísmo, al individualismo de nuestra sociedad y quedan defraudados porque nadie les muestra con su vida la belleza del Evangelio de la comunión y de la fraternidad; en tantos que necesitan ser acogidos y sanados en sus pobrezas y límites, ser abrazados estrechamente hasta sentirse amados, perdonados, queridos como hermanos… 

Si pensamos en todas estas personas y en muchas más, quizás entonces entendamos que puede haber algo de urgencia en la llamada del Señor. Esta misma urgencia la vivió san Francisco cuando, arrodillado ante el Crucificado en san Damián, escuchó aquellas apremiantes palabras: “Francisco, ¿no ves que mi casa amenaza ruina? Anda, repara mi Iglesia”. Francisco, sin dudarlo, exclamó: “¡Voy, Señor!” 

Ciertamente no es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses y quizá los años no estamos dejando pasar nuestra hora… Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta. Es verdad que la respuesta a la vocación requiere un tiempo, porque no puede ser el fruto precipitado de un impulso de un momento. Pero el tiempo en el que se plantea la vocación ha de ser tiempo de determinación, no de instalación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para posponer la respuesta a un mañana que nunca llegará. Recuerda que siempre cabrá “darle otra vuelta más” a nuestras dudas, por eso es importante , ¡cuánto antes!, aceptar el riesgo, confiar y lanzarse: “¡Voy, Señor!”

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