17 de septiembre de 2012

Impresión de los Estigmas a san Francisco

La Familia Franciscana celebra hoy la Impresión de la Llagas a san Francisco o, lo que es lo mismo, el misterio de la cruz que se hizo visible en la carne del Poverello, realizándose en su cuerpo, en forma visible, cuanto dice el Apóstol Pablo: «En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo los estigmas de Jesús» (Ga 6,17).

Las biografías del Santo nos narran como sucedió el prodigio del todo singular de los Estigmas. En torno a la fiesta de la Santa Cruz, dos años antes de su muerte, Francisco subió al monte Alverna para iniciar la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor de san Miguel. Deseando ardientemente conocer la voluntad de Dios, para configurarse en todo a Cristo, abrió por tres veces el libro de los evangelios en el nombre de la santa Trinidad, y encontrando siempre la narración de la Pasión del Señor Jesús, oraba insistentemente sentir en su cuerpo los dolores del Crucificado. Tuvo, entonces, una visión que produjo en él un grande gozo y un profundo dolor al mismo tiempo: era el Señor en forma de serafín crucificado que le manifestaba que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado. Terminada la visión aparecieron en la carne de este amigo de Cristo las señales de la Pasión del Señor: los clavos que traspasaron sus manos y sus pies, y una herida en su costado (Leyenda Mayor XIII, 1ss).

Puede parecernos muy extraña la petición de Francisco: «Sentir en su cuerpo los dolores del Crucificado». Esta identificación con Cristo, también en su dolor, no está al alcance de nuestra mano y por lo tanto es gracia. No es un dolor masoquista y prueba de ello son los frutos que produce. El dolor masoquista no genera nada bueno, es un narcisismo a la contra. Este dolor por Cristo genera una capacidad de ternura y de compasión inmensas. Así fue como Francisco bajó del monte Alverna y retomó el camino junto a sus hermanos, llevando en sí el «secreto de su Señor» impreso en su cuerpo, en sus miembros heridos de amor, de compasión, de ternura.

Entre san Francisco y nosotros hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta y de identificación con Cristo quizá nunca llegarán a ser semejantes a la suyas. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma: revivir a Cristo en nosotros, abrirnos a Cristo que viene, para que sea Él el que viva en nosotros, pensamiento, palabra, corazón, amor, vida. Pedir identificarnos un poco con el Cristo pobre y humillado hace que cuando nos toque subir, subamos sirviendo y estemos deseando bajar.