Preparación a la fiesta de san Francisco: El Testamento de Siena o «Pequeño Testamento»


Faltan muy pocos días para la SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE Y HERMANO SAN FRANCISCO. Como preparación a su fiesta, queremos proponeros la lectura del Testamento de Siena, en el que se recogen los tres elementos que mejor sintetizan la vida franciscana: la fraternidad, la pobreza y la minoridad en la Iglesia

Según cuenta la Compilación o Leyenda de Perusa, el Pequeño Testamento fue dictado por Francisco al hermano Benito de Piratro a finales de abril o principios de mayo de 1226, después de un agravamiento serio de su estado de salud. Francisco se encontraba en la ciudad de Siena y comenzó a sentirse mal, debido a la enfermedad del estómago, hasta el punto que empezó a vomitar sangre, y estuvo así toda la noche, hasta el amanecer. Sus hermanos, al ver que casi se moría por la debilidad y el dolor de la enfermedad, le dijeron con mucha pena y entre lágrimas: “Padre, ¿qué podemos hacer? Bendícenos a nosotros y a los demás hermanos tuyos. Y deja además a tus hermanos algún recuerdo de tu voluntad”. Y él les dijo: “Llamadme a fray Benito de Piratro. Cuando éste llegó, le dijo el bienaventurado Francisco: “Escribe cómo bendigo a todos mis hermanos que están en la Orden y a los que estarán, hasta el fin de los siglos... Puesto que no estoy en condiciones de hablar, debido a la debilidad y el dolor de mi enfermedad, manifiesto brevemente mi voluntad a mis hermanos, en estas tres palabras, a saber: que en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento se amen siempre entre sí, amen siempre y observen nuestra señora la santa pobreza, sean siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia”.

Tres palabras regala Francisco a sus hermanos en Siena: el amor fraterno, la pobreza y la minoridad como forma de estar en la Iglesia. Para entenderlas en su conjunto es necesario volver al inicio, cuando Francisco abrió el santo Evangelio en la Porciúncula: desde entonces miró y escuchó siempre a Cristo, revelación del Padre, rostro de Dios, el cual no tenía en sus labios, en su oración y en sus enseñanzas, más que al Padre; el cual encontraba en el Padre toda su alegría, su fuerza y su libertad. Francisco, oyente fiel de la Palabra del Evangelio, vio en los gestos de Cristo el secreto del corazón de Dios Padre. ¡Vio al Señor Jesús hacerse «hermano» de ricos y de pobres, de los marginados y de los notables, de publicanos y de prostitutas, y entregar su vida para «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos»! Francisco quedará fascinado por el Señor de la gloria que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre y pequeño. Quedará conquistado por el Hijo de Dios que rechazó toda forma de poder y de dominación, y que lavó los pies de sus discípulos, tanto del que va a negarle como del que va a traicionarle… 

Francisco, casi al final de su vida, muestra con estas palabras suyas que ha acogido con fidelidad la Buena Noticia de Jesucristo. Y la ha hecho vida, carne, camino… Sabe que el secreto de la verdadera alegría se encuentra precisamente ahí: en abrirse al amor del Padre y en reconocerse y amarse como hermanos; en pasar del afán de poseer a la alegría del don, al gozo del desprendimiento, que nos libran de la avidez de acumular, de la sed insaciable de poseer cuanto más se pueda, lo mejor posible y cuanto antes; en vencer el instinto de dominación y de poder, la búsqueda de influencia social y económica, los puestos de relieve, para escoger el último lugar, sirviendo con fidelidad y humildad en la Iglesia.

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