Santos franciscanos (7): José de Copertino


José nació en Copertino, pueblo del sur de Italia, de familia muy humilde. Desde joven mostró tener muy escasas cualidades intelectuales. Superando muchas dificultades ingresó en la Orden de los franciscanos conventuales y sólo gracias a la fuerte ayuda de Dios llegó al presbiterado. Tras su ordenación sacerdotal se entregó de lleno al ministerio con gran ardor apostólico. Recibió carismas singulares, lo cual fue para él motivo de grandes sufrimientos y humillaciones. Por disposición de los superiores se trasladó de un lugar a otro, huyendo del fanatismo popular. Destacó por su obediencia, humildad y paciencia. Murió en Ósimo, cerca de Ancona, en 1663.

En el centro de su jornada estaba la celebración de la eucaristía, a la que seguían largas horas de adoración ante el sagrario. Según la tradición franciscana más genuina, se sentía fascinado y conmovido por los misterios de la encarnación y la pasión del Señor. San José de Copertino vivió de la fe y del abandono más radical en el Señor, del que aprendía la sabiduría del Evangelio para traducirla luego en un lenguaje sencillo y comprensible para todos. Quienes se encontraban con él escuchaban con gusto sus palabras, porque, como cuentan sus biógrafos, aun siendo ignorante de lengua y escaso de caligrafía, cuando hablaba de Dios se transformaba.

Desde la juventud aprendió a permanecer largos ratos en oración ante la Virgen de las Gracias, en el santuario de Galatone. Luego, se dedicaba a contemplar la imagen, tan querida para él, de la Virgen de la Grottella, que lo acompañó durante toda su vida. Por último, desde el convento de Ósimo, donde pasó sus últimos años, dirigía a menudo la mirada hacia la basílica de Loreto. Para él María fue una verdadera madre, con la que mantenía una relación filial de sencilla y sincera confianza. 

Auténtico franciscano, según el espíritu del Poverello de Asís, alimentó una profunda adhesión al Sucesor de Pedro y tuvo un sentido vivo de la Iglesia, a la que amó de modo incondicional. De la Iglesia se sentía miembro vivo y activo. Se adhirió totalmente a la voluntad de los Papas de su tiempo, dejándose acompañar dócilmente a los lugares donde la obediencia lo llevaba, aceptando también las humillaciones y las dudas que la originalidad de sus carismas no dejó de suscitar. Su tumba, meta de numerosos peregrinos, se encuentra en el convento de san Francisco de Ósimo, Ancona. 

San José de Copertino, 
marcado por un profundo amor a Cristo presente en el Misterio eucarístico; 
humilde y paciente en la incomprensión y en la adversidad: 
Enséñanos a poner toda nuestra confianza en el Señor.

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