20 de octubre de 2012

«Dios cuida de nosotros»: la bendición al hermano León

En la capilla de la reliquias de la Basílica de san Francisco, en Asís, se conserva un pequeño trozo de pergamino con dos escritos autógrafos del Poverello en lengua latina. En uno de los lados se encuentran las Alabanzas al Dios altísimo, escritas por san Francisco después de la sublime experiencia en el monte Alverna; en el otro, encontramos la bendición del Libro de los Números (6, 24-26), un dibujo que representa la letra Tau con una pequeña cabeza sobre un montículo y un nombre, el del hermano León. La escritura de color marrón pertenece a san Francisco, la de color rojo al hermano León, donde él mismo explica el significado de lo que allí encontramos escrito: «El bienaventurado Francisco escribió de su propia mano esta bendición a mí, fray León». Y también, «de manera semejante hizo de su propia mano este signo Tau y la cabeza»Según cuenta Tomás de Celano, el hermano León estaba viviendo un momento difícil, de crisis diríamos hoy. Y se sentía un tanto perdido, desorientado, turbado, triste... Francisco, buen conocedor de las cosas del alma y del corazón humano, se dio cuenta de que al hermano León le pasaba algo, por eso decidió ayudarle escribiendo para él, de su puño y letra, las alabanzas de Dios y una bendición para el hermano, a quien dijo: “Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte”. El pliego estaba firmado con la letra TAU, cuyo trazo vertical atravesaba el nombre del hermano León. Lo más curioso es que sobre esta letra Francisco había dibujado una pequeña cabeza, por lo que más parecía un hombre con los brazos extendidos, ¿crucificado?, que una simple letra. Al instante, según cuenta el Celano, desapareció del todo la tentación.

¡La fuerza de una bendición!, es decir, la certeza de una Presencia, la de Dios en nuestra vida, que "atraviesa" nuestro nombre, es decir, que nos conoce profundamente y abraza nuestra pobre humanidad, lo que somos, nuestra historia, ¡todo! Y esto en cada momento, en toda ocasión. Francisco había experimentado que no hay lugar ni circunstancia en las que el Señor deje de bendecirnos con su presencia tan fiel como discreta, susurrándonos de mil modos alguna palabra de luz y de esperanza. Y es que al Señor le importa nuestra vida, ¡cuándo llegaremos a convencernos! El nuestro es “un Dios que camina” con su amor sanador entre nosotros. Él prometió no dejarnos solos; nos dijo que estaría a nuestro lado todos los días: sosteniendo, alentando, fortaleciendo, salvando. Esto fue precisamente lo que san Francisco quiso recordar, o mejor, hacer que reviviera el hermano León en lo más hondo de su corazón: Hermano, ¡Dios no abandona! ¡Dios cuida de nosotros! Nos bendice, nos guarda siempre. Él es nuestro custodio: nos envuelve con su misericordia y nos llena de su paz.


No lo olvides: nuestro Dios, día tras día, en toda circunstancia, se abre paso en medio de nuestras cuestas arriba y cuestas abajo, de nuestros caminos rectos y tortuosos, de nuestros rincones más secretos y de nuestras avenidas más transitadas. Nos conoce por nuestro nombre, nuestra historia no le es ajena. La luz de su rostro ilumina nuestros caminos, su mirada no se aparta nunca de nuestros pasos.

El Señor te bendiga y te guarde; 
te muestre su rostro y tenga misericordia de ti.
Vuelva hacia ti su mirada y te dé la paz. 
El Señor te bendiga, hermano León.

El hermano León murió el 15 de noviembre de 1271 en la Porciúncula, llevando junto a su pecho el pergamino con la bendición del padre Francisco. Fue enterrado en la Basílica inferior, junto a la tumba del Poverello.