Nuevo Custodio de la Basílica de San Francisco, en Asís

En estos últimos días hemos conocido un nueva noticia importante para nuestra Orden y para la Iglesia, dada la relevancia del lugar: ha sido nombrado el nuevo Custodio de la Basílica de San Francisco, en Asís. Es fray Mauro Gambetti, hasta ahora Ministro de la Provincia franciscana de Boloña (Italia). Fray Mauro tiene 48 años y antes de entrar en la Orden estudió ingeniería mecánica. Realizó su formación teológica en Asís y en Florencia. 

El Sacro Convento de Asís, con la doble Basílica adyacente, es el corazón de toda la Orden por ser el lugar donde se custodian los restos mortales del padre San Francisco y de algunos de sus primeros compañeros: Bernardo, León, Maseo, Rufino, Angel, Silvestre, etc. En él viven más de 60 frailes menores conventuales de 19 nacionalidades, escogidos de entre todas las provincias de la Orden para que den testimonio y confirmen el amor y la fidelidad de todos los hermanos a San Francisco y al carisma que Dios, por su mediación, suscitó en la Iglesia. 

Y es que Asís sigue siendo un lugar de gracia y bendición para toda la Iglesia después de 800 años. ¡Especialmente la tumba del Poverello! Cada vez que nos ponemos ante aquel sepulcro de piedra y, con la fe de la Iglesia, reconocemos que entre nosotros y los santos existe un misterio de comunión, ¡de verdadera fraternidad!, que traspasa el tiempo y el espacio, podemos abrir nuestro corazón de hermano a hermano... Allí, dentro de aquel sepulcro de piedra, se conservan los restos mortales de un hombre que acogió a corazón abierto la gracia de la conversión, que amó con locura a Jesucristo y por él lo dejó todo para seguir sus huellas, que se desvivió por sus hermanos y anunció la paz del Evangelio a toda criatura... pero no de manera etérea o vaga, sino bien concreta: con ese cuerpo, con esos miembros, con esa "carne" que para nosotros son un signo, memoria elocuente de un hombre creyente de los pies a la cabeza.   

Ante Francisco, el Pobrecillo de Cristo, sentimos que hemos sido creados para algo grande y que no podemos conformarnos con pequeñas y fugaces alegrías momentáneas, las cuales, una vez terminadas, dejan amargura en el corazón. No, como nos ha recordado Benedicto XVI en tantas ocasiones, Dios nos ha creado con vistas al “para siempre”; ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros la semilla de una vida que realice algo bello y grande. Y que para ello es necesario tener la valentía de hacer elecciones definitivas y de vivirlas con fidelidad

El amor que San Francisco encontró no es un amor confinado en el pasado, no es un espejismo, no está reservado a unos pocos: es el amor de Cristo, ¡que no pasa nunca y que cambia la vida! Un amor que estamos llamados a acoger en nuestro pequeño corazón, quizás herido, sí, pero sobre todo ¡profundamente amado! Acoger este amor implica correr un riesgo muy grande, porque el Señor podrá llamarnos al sacerdocio o a la vida consagrada, es decir, a una entrega particular de nosotros mismos. Si es así, respóndele con generosidad y sin miedo, porque quien se entrega a él encuentra la verdadera vida.

Asís, ¡hasta las piedras hablan de Francisco y Clara!


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