Preciosas palabras de San Francisco sobre la misericordia

A la luz del Evangelio de este domingo, V de Cuaresma, recordamos las palabras que San Francisco dirigió a un hermano Ministro sobre la misericordia:

«[...] En esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, pregúntale tú si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí por esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos».

En esta carta resuena con fuerza el corazón de Francisco, un corazón alcanzado por el Evangelio, alcanzado por la Gracia. Y también alcanzado por esa intuición creyente por la cual el amor crece, muchas veces, precisamente cuando se encuentra con aquello que resulta obstáculo para nosotros. El amor del Evangelio no es un amor fácil, ni un amor de correspondencia. “Amar a los enemigos” no puede ser sólo fruto de un corazón muy generoso, capaz de ello. Se trata más bien de un amor que nace de Dios o, como alguno ha definido, de un “amor prestado”.

La misericordia de la que habla San Francisco no nace ni de la ingenuidad ni del voluntarismo. Nace de fuentes más hondas y eso es lo que la hace creíble para nosotros. Nace de haber experimentado en propia carne lo radicalmente misericordioso que ha sido el Señor con él. Francisco quiere mirar al hermano como lo mira el Señor. ¡Cuánto curan esas miradas! Francisco tiene tan clara la radical dignidad incluso, o precisamente, de este tipo de hermanos, que en esto sus palabras son absolutamente firmes. Francisco nos indica que hay una posibilidad inédita: la de que ese hermano difícil se convierta en el “obstáculo” que Dios ha querido ponernos delante para que aprendamos a amar. Amar sin gratificaciones, sin juicios. Amar contra corriente, como nos enseña el Evangelio.

La clave nos la da el mismo Francisco: que en nuestros ojos se halle la misericordia. Que entendamos por dentro que hay muchas personas heridas que actúan desde su herida; que hay personas que en un momento dado de su vida decidieron ya no sufrir más, y se les cerró la sensibilidad; que hay personas llenas de complejos que reaccionan con agresividad y dureza; que hay mucha comparación en la que uno se humilla o humilla; etc. Pero que detrás de cada persona, de cada hermano, hay una historia que solo el Señor conoce, un misterio que pertenece solo a Él. Ojalá intuyamos al menos que la mirada más verdadera es la del Señor y no la nuestra. Y que es ahí, precisamente, en la escuela del Evangelio de Cristo, que aprendemos la misericordia que cura y salva.

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