11 de marzo de 2013

Si cambio yo, cambiará la Iglesia; si no cambio, poco cambiará...

Es uno de los episodios más conocidos del Poverello y también de los más representados en la iconografía franciscana. El relato lo encontramos en la Leyenda de los Tres compañeros, una de las hagiografías más antiguas de San Francisco. Es el famoso sueño de Inocencio III

“Antes de que Francisco se pusiera en camino hacia Roma, el Papa Inocencio III tuvo una visión en la que veía que la iglesia de San Juan de Letrán se desplomaba y que un hombre religioso, pobre y pequeño, la sostenía con sus propias fuerzas. Este sueño dejó al Papa atónito, preguntándose qué significaría tal visión. A los pocos días se presentó ante él Francisco y le expuso su plan de vida y le suplicó que le aprobara la Regla que había escrito con palabras sencillas, tomadas del Evangelio, a cuyo seguimiento aspiraba con todas sus fuerzas. Viéndolo el Papa tan fervoroso en el servicio de Dios y recordando su propio sueño, comenzó a decirse para sus adentros: "Verdaderamente éste es aquel varón religioso y santo por el que la Iglesia de Dios se levantará y se sostendrá". Acercándose el señor Papa a Francisco lo abrazó y le aprobó la Regla. Le dio también el permiso, lo mismo que a sus hermanos, para predicar la penitencia en todo el mundo. Francisco, por su parte, dio gracias a Dios y, puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor Papa obediencia y reverencia”.

Mañana comienza el Cónclave, un verdadero acontecimiento de gracia para toda la Iglesia. En él será elegido un nuevo sucesor del apóstol Pedro. De él se espera que haga, que cambie, que reforme, que lleve a cabo, que quite, que ponga... Y, ciertamente, hará lo que pueda para bien de la Iglesia, de los creyentes, de gran parte de la humanidad. Pero, ¿y nosotros? Este episodio, entre otras cosas, nos recuerda que no es bueno que nos acostumbremos a considerar nuestra vida, la situación de la Iglesia, del mundo... sólo como el resultado de circunstancias o personas favorables o no, de estructuras que funcionan o no, de estrategias eficaces o no... Con frecuencia no nos damos cuenta de que en realidad suele ser al revés: si cambio yo, es decir, si me tomo en serio mi camino de conversión, mi manera de vivir la fe, mi vocación... cambiará la Iglesia; si no cambio yo, poco cambiará.

El Espíritu de Dios, “alma de la Iglesia”, actúa siempre, renovando el corazón de los creyentes, suscitando nuevos apóstoles y testigos, pero necesita nuestra disponibilidad y generosidad, para hacer germinar en la Iglesia y en el mundo un bien más grande, una abundancia de gracia y de novedad también en este momento crucial de nuestra historia. Él no cesa de llamar e interpelar, suscitar y provocar, mandar y enviar, pero... ¿encontrará quien se entregue a su obra sin condiciones?