Francisco y los leprosos: ¡un nuevo modo de entender la vida!

“La realidad se entiende mejor desde la periferia, no desde el centro”, dijo el Papa Francisco a los miles de personas que le esperaron la mañana del domingo pasado en la parroquia de la periferia de Roma donde celebró la eucaristía. Escuchando estas palabras del Papa, ¿cómo no pensar en el camino de conversión de san Francisco? 

Sólo cuando el hijo de Pedro Bernardone dejó, conducido por Dios, el centro y las alturas de Asís para iniciar un verdadero camino de “abajamiento”, de “descendimiento”, y entrar así en el mundo de los leprosos y compartir su pobre condición, sólo entonces pudo practicar la misericordia, que no es simplemente dejar que brote espontáneamente la bondad del corazón o la benevolencia, sino más bien, como dirá el mismo Francisco en sus escritos: tener paciencia y humildad para evitar el endurecimiento, es decir, la distancia, la frialdad, el desprecio.  

En compañía de los leprosos y practicando con ellos la misericordia, el joven Francisco, que había hecho de sí mismo el centro del mundo, que había buscado adorarse a sí mismo en una búsqueda obsesiva de su propia gloria, sale de sí mismo, se abaja, se desapropia, ¡y no sólo de sus vestidos!, para nacer de nuevo, para abrazar una nueva lógica: lo que antes le parecía amargo se vuelve dulzura de alma y cuerpo, es decir, descubre un nuevo modo de entender la vida, ¡de gustarla! En este camino desde lo alto hacia lo más bajo, como Jesucristo, el joven Francisco recibe la gracia de entender cuál es el verdadero sentido de la vida y dónde se esconde la dulzura y la belleza que llenan de verdad: no en el afán de conquistar, de ganar, de ser el centro… sino en el don misericordioso de sí mismo con los “hermanos cristianos” (así llamaba él a los leprosos), con aquellos que no pueden pagarte. La misericordia con los leprosos hace descubrir a Francisco su verdadera identidad: no la del caballero, no la del hijo de Bernardone… sino la del hermano. De ahora en adelante será sólo eso: el hermano Francisco. Y no querrá ser llamado de otra manera. Con los leprosos inaugura un modo nuevo de relacionarse consigo mismo, con el mundo y con los otros. 

Lo más sorprendente de todo es que la misericordiosa practicada hacia los leprosos conduce a Francisco, casi sin saberlo, más allá de los mismos leprosos: encuentra el rostro sufriente de Aquel que en un mismo “movimiento misericordioso” de abajamiento, se había hecho por nosotros leproso, asumiendo nuestra carne herida, cargando con nuestras enfermedades y dolencias, haciéndose pecado para salvarnos: el Hijo de Dios.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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