13 de mayo de 2013

La castidad no es una soltería sin vínculos (II)

Los que son llamados por el Señor a la castidad no dejan vacío el corazón, no mutilan de ningún modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. Y es que un corazón casto no es (o no debería ser) un corazón frustrado o inhibido, sino un corazón que ha aprendido a amar de otra manera. Lo natural, es verdad, es que “el hombre no esté sólo” (Génesis 2, 18), lo cual implica la necesidad de aprender a asumir, a veces con dolor, esa parte de soledad que conlleva la castidad. Sin embargo, esto no quiere decir que el corazón esté llamado a empequeñecerse, sino, al contrario: ha de ensancharse, porque el sentido último de la castidad es la relación con el Señor Jesús, a quien se ha elegido amar con todos los afectos, con todo lo que uno es. Además, ese corazón ensanchado es capaz de acoger el don de una nueva familia espiritual, no unida por lazos de sangre. Este es el sentido de la comunidad o de la fraternidad, por usar un término más franciscano: ¡El Señor me dio hermanos!, decía San Francisco. Un grupo de hombres convocados por el Señor y enviados como jornaleros de su reino a tiempo completo, signos luminosos de la humanidad nueva reconciliada en el amor. 

Sin este despliegue de entrega y de servicio la castidad queda infecunda. Los afectos están llamados a canalizarse en la misión, ya sea desde la vida escondida y ofrecida en un monasterio o eremitorio, o al lado de los más pobres en los suburbios de un país del tercer mundo, o en un hospital, parroquia o escuela. Lo importante es llevar en el corazón los gozos y alegrías, angustias y tristezas de los hombres, no permanecer ajenos ante quien vive herido, solo o sin esperanza. De esta manera la castidad puede convertirse en una fuente inagotable de creatividad y de fecundidad apostólicas por las que vamos anticipando el nacimiento de un mundo-según-Dios. ¡Ahí está el testimonio de los santos y de tantos consagrados que conocemos o hemos conocido!

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!