¡Mirad la humildad de Dios!


Señor Jesús, presente en el sacramento de la Eucaristía: queremos adorarte y llenarnos de ti, comulgando con tu misma Vida, con todo lo que Tú amas, con todo cuanto en tu sagrado Corazón cabe y palpita. Es verdad: Nuestros ojos sólo ven un trozo de pan. Nuestra fe es poca y débil, pero queremos, con la fe de san Francisco y de santa Clara, reconocerte vivo y realmente presente en las humildes apariencias del pan y del vino de la Eucaristía. Míranos con bondad y abre para nosotros la fuente eterna de tu amor y de tu misericordia que manan de tu Corazón abierto. 

Queremos aprender de ti. Queremos vivir cada día más unidos a ti. Aprender de ti el camino de la siembra silenciosa, humilde, paciente, con frecuencia carente de esplendor y de éxitos externos; el camino de quien no pretende actuar por sí solo, sino en la comunión de la Iglesia; el estilo de quien se abre sin temor y sin reservas al abandono confiado en tus manos. Queremos reconocerte en el rostro, en la carne de nuestros hermanos, especialmente de los más desheredados, donde se reflejan historias de dolor, de soledad, de penuria y desesperanza. 

Haz, Señor, que comprendamos que sólo ante ti, mirándonos en tu espejo, como nos recuerda santa Clara, descubrimos quiénes somos realmente, qué sentido tiene nuestra vida, qué proyecto de amor has querido desde siempre para cada uno de nosotros. Por eso, Señor, te pedimos que nos des un corazón semejante al tuyo, manso y humilde, para que escuchemos siempre tu voz y tus mandatos, para que cumplamos tu voluntad y seamos en medio del mundo alabanza de tu gloria, de modo que los hombres, contemplando nuestras obras y el amor que ponemos en ellas, den gloria al Padre con quien vives feliz para siempre. Señor, danos la gracia de ver y creer. Amén.

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