SAN MAXIMILIANO KOLBE: LA GRANDEZA DE LA VOCACIÓN

San Maximiliano (con la barba)
jugando al ajedrez con un grupo de jóvenes
Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes (¡según el Evangelio!). Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas que la gracia realiza en los corazones (empezando por el propio) y del triunfo del amor de Dios sobre el mal en el mundo. Sin esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Sin esta perspectiva profunda, es difícil (¡por no decir imposible!) entender lo que el padre Maximiliano Kolbe vivió realmente tras las alambradas de Auschwitz. 

El 17 de febrero de 1941 Maximiliano Kolbe es arrestado por la Gestapo y encerrado en la cárcel Pawiak de Varsovia. El 28 de mayo del mismo año es deportado hacia el campo de exterminio de Oswiecim (Auschwitz), en el que se le asigna el número 16670. A finales de julio se escapa un prisionero. Como represalia, el comandante Fritsch elige al azar diez compañeros del mismo bloque, condenándolos injustamente a morir de hambre y de sed en el sótano de la muerte. En medio del estupor de todos los prisioneros y hasta de los mismos nazis, el padre Maximiliano se ofrece a sustituir a uno de los condenados, el sargento polaco Francisco Gajowniczek. "Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, porque por ti, Altísimo, coronados serán", había cantado san Francisco muchos siglos antes.

Oración en el sótano de la muerte de Auschwitz
El padre Maximiliano desciende con los otros nueve prisioneros al sótano de la muerte, donde, uno detrás de otro, los prisioneros fallecen, consolados, asistidos y bendecidos por un santo. El 14 de agosto, vísperas de la solemnidad de la Asunción de la Virgen (a quien San Maximiliano amó con toda su alma), una inyección de ácido en el brazo izquierdo del padre Kolbe terminó con su vida. Al día siguiente, su cuerpo es quemado en el horno crematorio y sus cenizas esparcidas al viento... Humanamente hablando: ¡un fracaso, una derrota del mal sobre el bien! Sin embargo, san Maximiliano no murió, "dio la vida por el hermano". En esta muerte terrible e inexplicable desde el punto de vista humano estaba contenida la grandeza de la vocación de este humilde franciscano conventual: voluntariamente se ofreció a la muerte por amor, siguiendo las huellas de su Maestro y Señor. Por ello, la muerte de san Maximiliano Kolbe sobre el Gólgota moderno que fue Auschwitz, se convirtió en un signo de victoria, ¡la victoria de la cruz!, conseguida por Cristo sobre todo sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre

Entre los horrores infernales del campo de concentración de Oswiecim brilló una llama de amor, una luz de esperanza y la grandeza de una vocación: "No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos" (Juan 15, 13). No lo dudes: si estás escuchando la llamada de Dios, no pierdas el tiempo inventando excusas, intentado convencerte a ti mismo de que no puede ser verdad. ¡La vocación es algo muy grande! Que Dios, no necesitando nada de nosotros, quiera contar con nosotros es lo mejor que nos puede pasar en la vida. Respóndele: Aquí me tienes, Señor, ¿qué quieres de mí? 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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