14 de septiembre de 2013

¿DÓNDE ESTÁ LA VERDADERA ALEGRÍA?

Hoy, fiesta de la Santa Cruz, es un buen día para releer uno de los textos franciscanos más hermosos y, a la vez, más dramáticos: La verdadera alegría. El evangelista san Juan llama “gloria” a la revelación del amor de Dios en Cristo crucificado, a la fuerza de Dios que crea vida de la muerte y a la experiencia del Espíritu Santo que transforma el sufrimiento en camino de plenitud insospechada. San Francisco llama “verdadera alegría” a la posibilidad de amar a Cristo hasta el extremo y de compartir su cruz: Te suplico, Señor, que la fuerza abrasadora de tu amor absorba de tal modo mi mente que la separe de todas las cosas que hay debajo del cielo, para que yo muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor tú te dignaste morir(Oración Absorbeat)La respuesta de san Francisco al hermano León no es fruto de la improvisación, sino obra de la Gracia de Dios en el corazón del Pobrecillo, un corazón vaciado de sí y que ha mirado y contemplado mucho al Cristo pobre y humillado. Por eso afirmará casi al final de su vida: “Me sé de memoria a Cristo crucificado”. Esta alegría es verdadera, porque san Francisco sabe que las otras son como fuegos artificiales, hoy son y mañana no. La alegría de la que habla Francisco no es fruto de su autodominio ni de oscuros deseos de humillación, sino uno de los frutos de la Resurrección en nosotros. A san Francisco, que recibió por gracia esta alegría, le costó la salud y la vida aprenderla. Por eso se la regala a su querido hermano León. Y nos la regala también a nosotros como un secreto de su corazón:

Cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». El cual respondió: «Heme aquí preparado». «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría. También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría. Pero ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman carámbanos del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y sale sangre de tales heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí. Te digo que si he tenido paciencia y no me he alterado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma».

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!