27 de septiembre de 2013

HACIA LA FIESTA DE SAN FRANCISCO. DÍA 4º: INSTRUMENTOS DE PAZ

Todos los “biógrafos” de san Francisco de Asís coinciden en resaltar cómo nuestro santo recorrió con eficacia el camino de la paz, convirtiéndose no sólo en anunciador sino en artesano, artífice de reconciliación y de perdón en su tiempo. Dicho sea de paso, ¡no menos turbulento y agitado del nuestro! El pobrecillo de Asís, que como nos recuerda su primer biógrafo se manifestó en su tiempo como un “nuevo evangelista” (1Celano 89), portador de la buena noticia de Jesucristo, fue, gracias a ello y como consecuencia de ello, un artífice de paz. En este sentido, hay un relato de las Fuentes Franciscanas realmente significativo. Nos lo narra un tal Tomás de Espálato, diácono de origen dálmata que fue testigo ocular del hecho que él mismo transmite. Dice así: 

“En el año del Señor de 1222 residía yo en la casa de estudios de Bolonia, y el día de la Asunción de la Madre de Dios pude ver a san Francisco cuando predicaba en la plaza; habían acudido allí casi todos los habitantes de la ciudad. El exordio del sermón versó sobre los ángeles, los hombres y los demonios. Todo el contenido de sus palabras iba encaminado a extinguir las enemistades entre los ciudadanos y a restablecer entre ellos la paz. Desaliñado en el vestido, su presencia personal era irrelevante, y su rostro nada atrayente. Pero con todo, por la mucha eficacia que, sin duda, otorgó Dios a sus palabras, muchas familias de la nobleza, que desde antiguo habían tenido entre sí un odio tan feroz que les había llevado muchas veces a mancillarse con el derramamiento de sangre, hicieron entonces las paces”.

La oración simple u oración de la paz, atribuida durante algún tiempo a san Francisco, en realidad fue compuesta por un autor anónimo a principios del siglo XX. Mundialmente conocida, concuerda con el “espíritu franciscano” y por eso queremos orar con ella:

Oración: Señor, ¡haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. ¡Oh, Maestro!, que yo no busque tanto ser consolado, como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar. Porque es dando como se recibe, es perdonando, como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!