17 de septiembre de 2013

SAN FRANCISCO RECIBE LAS LLAGAS DE CRISTO

Afirma Gilbert K. Chesterton, el gran escritor inglés convertido al catolicismo, en su obra «San Francisco de Asís», que es muy difícil entender la historia de san Francisco mientras no se vea que la religión era para este gran místico, no alguna cosa abstracta e ideal, como una teoría, sino un asunto del corazón y el amor de un Ser real. Así fue. Conscientemente, continuamente Francisco quiso vivir tras las huellas de su Maestro, con su Maestro y de su Maestro: Jesucristo

La impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo, fiesta que hoy, 17 de septiembre, celebra toda la Orden, no es únicamente un hecho extraordinario o inaudito, sino más bien la manifestación externa de una largo camino de seguimiento, pertenencia e identificación con Jesús que llega a su culmen, a su cima. Cuando Francisco, en el mes de septiembre de 1224 recibe los estigmas sobre al monte Alverna, está viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida como hermano menor. De ahí que su soledad, su fracaso y su sufrimiento sean comunión con el mismo destino del Hijo, participación en su pasión y muerte. Francisco comparte todo (¡lo que un hombre puede o le es dado compartir!) con Cristo, bebe su mismo cáliz, se hace pobre y último desde dentro, del todo, sin quedarle nada propio: «Dios es; eso basta; que Dios sea Dios... Tú eres, Tú eres...»

En las Consideraciones sobre las llagas, en la tercera consideración, que es la de la aparición del serafín y de la impresión de las llagas, leemos el siguiente relato donde se narra lo que precedió a la impresión de las llagas: 

Estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre, fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con san Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y san Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como san Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de san Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu:

- ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y, ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?

Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un rayo de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de san Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con san Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a san Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!