TRAS UNOS DÍAS PRECIOSOS EN LA TIERRA DEL SEÑOR

Frailes peregrinos en la entrada del Santo Sepulcro de Jerusalén
Jesús, Maestro y Señor de nuestra vida, centro de la vida de la Iglesia: Tú nos tienes y nos sostienes. Fuera de ti no sabemos quiénes somos ni hacia dónde vamos. Tú eres el Camino, punto de partida y punto de retorno siempre. Tú existes, ¡eres la mayor realidad, la mayor certeza! Todo evoca tu rostro, pues todo ha sido hecho por ti y para ti. El encuentro contigo cambia la vida y abre un nuevo horizonte. 

Tú existías antes de que el mundo fuese y has venido para salvar a todos los hombres. Los patriarcas prepararon misteriosamente tu venida, los profetas la anunciaron, los justos y los pobres de Israel la desearon. Los cielos celebraron tu nacimiento en la pobreza y humildad de Belén. En Galilea quisiste elegir a Pedro, a Juan, a Andrés y a tantos otros para que estuvieran contigo y para que anunciaran, en tu nombre, el Evangelio a toda criatura. Desde entonces no has dejado de llamar a tu seguimiento a hombres y mujeres de toda clase y condición. Entre ellos nos contamos también nosotros. Sí, ¡haberte conocido es lo mejor que nos ha pasado! Hijo de Dios, te rebajaste haciéndote servidor hasta la muerte, y una muerte de cruz, con el fin de que fuéramos ensalzados y pudiéramos participar de tu gloria, ¡la gloria de tu resurrección! Estábamos en las tinieblas y nos has dado la luz y la fuerza, la paz y la alegría del Reino.

Jesús, Hijo del Dios vivo, esplendor del Padre, luz eterna. Jesús, Rey de gloria, Sol de justicia, hijo de la Virgen María. Jesús, Consejero maravilloso, Señor eterno, Príncipe de la Paz. Jesús, manso y humilde de corazón, nuestro socorro y nuestro refugio. Jesús, Dios de paz, amigo de los hombres, fuente de vida y de santidad. Jesús, hermano de los pobres, bondad sin medida, sabiduría inagotable. Jesús, buen pastor, luz verdadera, nuestro camino y nuestra vida, Pan del cielo que nos da la vida eterna. ¡A ti la gloria y la alabanza con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos!

Si la persona de Jesús se cruza en tu vida y te deja sentir su existencia fascinante, su rostro glorioso, su Tú concreto ante el que transcurrirá toda tu jornada, todo quedará iluminado por Él. Todo tendrá la claridad de su mirada. Cristo se convertirá en el Señor de tu vida, en el amor de tu alma. Y esto es lo mejor que te puede pasar. Sin miedo, si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón.

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