29 de octubre de 2013

CUANDO ES DIOS QUIEN LLEVA LA INICIATIVA


San Francisco vivió en su propia carne el deseo de plenitud y la realidad del fracaso, la búsqueda de la felicidad y la experiencia del sufrimiento, proyectos soñados y la imposibilidad de realizarlos, y sobre todo una verdadera experiencia espiritual: encontrarse con un Dios vivo ante el que se ha desprotegido y en el que ha comenzado a confiar radicalmente. El “corazón” de Francisco comienza a resituarse, a dejar que obre en él el Espíritu de Dios. 

Francisco, tras aquella extraña noche en Espoleto, comenzó a notar que vivía “desde dentro”, que era cada vez más libre, aunque no controlase el origen de ese cambio. No es que Francisco hubiera descubierto la mentira existencial del dinero, o del prestigio, o de la ambición, y por eso el deseo de dedicarse a la espiritualidad, es que se había encontrado con el Dios vivo, que lleva la iniciativa salvadora de su vida. Francisco fue aprendiendo a dejar que Dios fuera Dios; a él se le pedía que confiara y obedeciera, en agradecimiento humilde, dejando en manos de Dios su futuro, amando al Crucificado y a los pobres: “lo amargo se le volvió dulzura de alma y cuerpo” (Testamento, n. 3).

Fue así que llegó a experimentar una desproporción en el amor de Dios: "el Amor no es amado". De ahí surgió el deseo que marcó toda su vida: el “más” de su proyecto evangélico – “más” pobreza, “más” humildad, “más” fraternidad... o el “más” de su deseo de martirio, siempre tras las huellas del Maestro. Y todo esto vivido entre luces y sombras, abrumado y confiado a la vez. La oración ante el crucifijo de San Damián expresa el contraste entre las tinieblas del propio corazón y la luz que ha de venir de Dios. San Francisco experimentó un cambio radical de vida, que es una tremenda paradoja: su "yo" era más "yo" centrado en el Tú misericordioso y fiel de Dios. De pertenecerse a sí mismo comenzó a pertenecerle a Él. Y entendió vivencialmente que lo suyo era vivir en permanente conversión, en camino penitencial.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!